Tres horas después estamos en Suez. La ciudad, distante como una legua del puerto, se une a este por una faja de tierra echada sobre el agua, sin una piedra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra. Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y penetra en el mar Rojo.

La sacudida de la hélice repercute en el corazón del viajero, y de un solo latido de su frente, retrograda miles de años. Va a pasar de Mahoma a Moisés, del Corán al Génesis; de la leyenda árabe al dogma bíblico; del mórbido seno de la desnuda poesía, al severo y majestuoso pliegue de la túnica cristiana.


Macao, 14 de marzo de 1879.

Mi querido amigo: Estamos atravesando el golfo de Suez; parece que, con solo extender los brazos, vamos a tocar al África por la derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo, cuna del gran legislador del pueblo Israelita; al otro el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el Jordán, Jerusalén.

¿Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose en medio del arenal de la Arabia pétrea? Es un grupo de palmeras y plátanos dando sombra a la fuente de Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar a pie enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del monte Sinaí sale a recordarnos los preceptos del Decálogo. El mar se ensancha, bórranse las costas; pero la imaginación le hace adivinar a uno la proximidad de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores que, hacinados de sectarios del Corán en caravana, se cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la Meca, la ciudad santa del islamismo.

Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llegamos al estrecho de Bab-el-Mandeb, o puerta de los Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón; es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel guardián habla inglés, y a guisa de llavero ostenta un variado y surtido manojo de cañones. Unas horas más tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más cañones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra hoja de la puerta, y fondeamos en Adén, pequeño rincón de la Arabia feliz.

Los hijos de Albión han impuesto al mundo conocido la sacramental frase de las casas de Madrid: Nadie pase sin hablar con el portero. Inglaterra es el conserje universal. Desde su casa puede pasar revista a todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte a las regiones árticas. El estrecho de Gibraltar le permite husmear cuanto ocurre en el Océano y el Mediterráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y Túnez; lo tapa con Malta; y Constantinopla, sobre la que de hecho ejerce el protectorado, cierra la marcha de esta serie de mamelones, que forman la gran muralla marítima de la Europa. En el triángulo del África es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el Cabo. La América se halla prensada entre la Nueva-Bretaña, o Canadá, la Jamaica y las posesiones antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta, empezando en Chipre, siguiendo por Adén (donde se convierte en oro el café de Moka y desde el que se escudriña todo el movimiento de la costa S. E. del África, del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y terminando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y nada escapa a la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán, enclavado entre dos golfos, está defendido en el de Omán por Adén y la isla de Ceylán, y por esta y Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la Australia para tener en jaque a toda la Malasia y la Micronesia en el Océano equinoccial; la Cochinchina no puede moverse entre la Península de Malaca y Hong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas en Shang-hai, Tien-tsing y la costa de la China, llevan la influencia del Reino Unido hasta las regiones árticas en el estrecho de Davis, y puede decirse que la Inglaterra tiene al mundo metido en el bolsillo.