Pero hablemos de Adén. Allí dejamos a los viajeros que se dirigen a Zanzíbar, Mozambique, Madagascar, Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin más vegetación que una lujuriante de artillería de grueso calibre, sirve de asiento a la ciudad. Esta es una de las primeras fortificaciones del mundo; luego la visitaremos; antes fijémonos en lo que rodea al Tigris. Ya han trepado por la borda multitud de mercaderes y se han cerrado las portillas de los camarotes para evitar el hurto y la rapiña. Aquello es una invasión de hordas salvajes de aspecto aterrador, color de ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de tigre, de leopardo o de mono, maderas toscamente labradas, flechas, crises, armas, dientes de animales; la especulación, en fin, en su forma más rudimentaria.

Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de barcazas, tripuladas por seres que parecen monstruos salidos del Averno, y que en un inglés sui generis, te brindan con llevarte a tierra. Los niños, que de cinco o seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el aspecto de monos; como el simio, rechinan los dientes, y como él tienen los pies y las manos aplastadas, y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el agua, y es de ver como, por una pequeña retribución, se precipitan desde la borda del Tigris, atraviesan su quilla de babor a estribor, luchan entre sí y pescan la moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al fondo. Otras, como en el viaje anterior al del Tigris, acontece que un tiburón se encarga de dirimir la contienda, devorando a alguna de aquellas pobres criaturas.

Lo que llama poderosamente la atención, es que la mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera rubia como un hijo de las orillas del Támesis. Confieso que mi primera intención fue creer que la influencia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo de la raza; pero luego supe que solo se debe a la moda, que allí, como en todas partes, hace sentir su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de distinción entre los habitantes del golfo de Adén, y que para obtener el resultado que se proponen, se untan la cabeza, después de raspada, con una mezcla de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el occipucio, pareciendo como atacados de alguna asquerosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo, que, crespo y de colores distintos, les abulta la cabeza en tres o cuatro veces el tamaño natural, y excuso decirte si, al ver correr hacia ti a un fenómeno semejante, no echas mano al revólver, como medida de precaución.

Lo primero que, después de los cañones, se ve al tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias, fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos sucios e incómodos coches de cuatro asientos le llevan a uno por la ciudad indígena, formada de chozas y zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Adén, con sus cuarteles, sus casuchas jalbegadas y sus estrechas calles, sigues subiendo, con el mar siempre a la izquierda y algunos arrabales hediondos a la derecha, hasta llegar a las cisternas, obra titánica donde apaga su sed aquel pueblo, asfixiado por los rayos de un sol tropical.

En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni el vestigio de una planta; solo al pie de las cisternas han conseguido, llevando tierra vegetal de Europa, plantar una docena de árboles, pero una docena literalmente hablando, que han alcanzado el desarrollo de una mata de laurel. En los puestos de la policía, que se suceden de trecho en trecho, se ve por vez primera el gong o campana china, disco de metal que da un sonido como el del címbalo, y con el cual se comunican los agentes. Estos dominan a la turba a palos, y te libertan por ese medio de los innumerables chiquillos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna, lo que no quita para que, después de despejado el terreno, el policeman tienda también la mano en demanda de retribución.

Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando al sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando sus piernas con una sábana llamada sarrong, que, liada a la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que embozado en otra, echada sobre los hombros, encuadra con elegantes pliegues su bronceada fisonomía, de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el inseparable junco en forma de cayado, indispensable atributo de su elegante condición; el somaulís, con su gracioso turbante; el afeitado y desnudo habitante de Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, descendiente de los antiguos persas, sectario de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique sobre calzones a la europea, y calzada la cabeza con una como mitra en forma idéntica a la boquilla de un clarinete; el indostánico o malabar, con la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata, fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra allí en mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita para asombro del viajero, que solo conoce el mundo por las cartas geográficas.

Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo a Ceylán. A las dos de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para cruzar el golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empieza a danzar el buque impelido por un violento SO., que no es otra cosa que los últimos, pero respetables, aletazos del monzón.

Son los monzones unos vientos que en dirección distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De octubre a marzo soplan de NE., y de mayo a agosto del SO.; pero hasta entablarse o fijarse, hay en los meses intermedios una lucha entre ambos, que produce en el mar de la China los horrorosos huracanes conocidos con el nombre de tiffones que, aunque de menor importancia que los ciclones del Atlántico, ocasionan catástrofes espantosas.

Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre las Maldivas y las Laquedivas, recalemos sobre el cabo Comorin, crucemos el golfo de Manaar y fondeemos al terminar el 2 de septiembre en la parte meridional de la isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués primero, luego holandés y británico últimamente, que lleva el nombre de Punta de Gales.