El juglar destapó entonces el canasto; el canasto estaba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo con su platillo unas monedas de cobre por aquel inconcebible espectáculo al aire libre.

Una de las imprescindibles excursiones que hay que hacer en Punta de Gales es a Wackwella (pronuncia Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y por un camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más raros, las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por el que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya un mangustán rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con que aplacar la sed, ya una rama de canela con que perfumarte, llegas a la plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un refresco del país, divisas un extenso horizonte, cuajado de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por las que serpentea lo que al pronto parece un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En el fondo se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente Índico, separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que los cingaleses pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal estaba en su casa; así es que se encuentran allí todos los nombres de nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto a la Virgen María.

Oye cómo la teogonía de los bramines cierra el capítulo de su Génesis:

«Atani entristecía en el Paraíso; Dios le dio a Iva por compañera (aquí sigue una bellísima descripción imposible de traducir, pero tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra; ya es perfecta; he producido el amor”.»

Suenan las once de la mañana del día 4 y no tenemos tiempo que perder. Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en el E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el ferrocarril del continente. Volvamos al Tigris y zarpemos. En cuatro días cruzamos el golfo de Bengala. El 8 se aparece Penang, el portero inglés de los Estrechos, con su artillería correspondiente, formando pendant con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, en la Oceanía. Al amanecer del 9 concluímos de pasar el estrecho de Malaca y atracamos junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más y cortamos la línea.

La entrada a esta posesión inglesa es uno de los espectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte justamente la admiración del viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un gigante cuyos enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El vapor se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una de sus bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación, si no tan exuberante, por lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la cumbre los bungalows, o casas de campo inglesas, con sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mientras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos enteros de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan árboles copudos y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas ensenadas parece un Nacimiento.

Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo que caracteriza al malayo.

Elegantes y ventilados cochecillos llamados palanquines, tirados por caballitos malabares, de la alzada de un borriquillo moruno y guiados por un cochero indio, con quien generalmente se cierra el ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo camino poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, a la city o barrio comercial. Este es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.

Singapore es el punto de escala de los que van y de los que vienen, y el almacén de depósito de todas las mercancías imaginables. Así es que, relacionado con el resto del mundo, pululan en su seno todas las razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los tagalos del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que preguntar al europeo el derrotero que sigue; su rostro te lo indica; el que llega tiene color, está rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja, muere. En Singapore el traje se simplifica; el sarrong se reduce a un taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los shalakos, enormes discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas cabezas afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente sobre una de ambas orejas.

En la City vi el tipo que más ha excitado mi hilaridad. Era a la puerta de una tonelería; y sobre una pipa un hombre totalmente desnudo, con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de ancho, leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el Times de Londres.