Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí están las casas habitables, el palacio del gobierno, el City hall o casa municipal, las iglesias, colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las condiciones locales. Poca sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho comfort; pero expansión, cero.

El 10 salimos de Singapore y empezamos a subir hacia el N. el mar de la China, cruzando el golfo de Siam. El 12 recalamos en el cabo de San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen, en cuya cumbre se levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras, contra las que tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel peligroso servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros; pintoresco y ameno lugar donde se halla establecida la estación telegráfica del cable submarino, por la que, pocos días después, recibía mi familia la noticia de mi feliz llegada, a las siete horas de mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica suma de once pesetas por palabra.

Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profundo río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en los que duermen algunos cocodrilos; y antes de que alborease el día 13, atracábamos delante de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la Cochinchina francesa.

Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar este en una lancha para llegar a la ciudad. Sin querer exclama uno: «Esto es Francia.» En efecto, los hijos de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a sus colonias menos importantes: Cafés, restaurants y demi-monde. Saigon está alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero como en estas los establecimientos de diversión pública no existen, resultan oscuros, mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz incita al paseante a recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse de la hora del apaga-fuegos.

Otro distintivo peculiar de la buena administración francesa es que el barquero o el cochero no te exigen nunca más dinero del que tú les das por su trabajo.

Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre bosques y jardines; pero estos, ni tienen el aspecto virgen de Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han obligado a los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que alinear, para producir anchos boulevares sujetos a escuadra. El palacio del gobernador es un magnífico y suntuoso monumento, los jardines recuerdan el parque Monceau de París. Dentro de algunos años aquello no se diferenciará en nada de una capital de provincia francesa, aparte de las chozas de los naturales.

La arteria principal de Saigon se llama calle de España. Es el único testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener el protectorado sobre toda la India Transgangética.

A rumbosos no nos gana nadie.

Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba del mar de la China, bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y fondeamos el 17 a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia inglesa del Celeste Imperio.