El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlativo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el volante, para el que se sirve de los pies con suma destreza, tiene cartas más numerosas que las nuestras (128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos de las manos, y con caracteres en vez de figuras; dominó, con 32 fichas de madera, al que llama Paí; el atchen, o juego de tres dados, en que sobre un cartón, en que figuran los seis números de uno de aquellos y las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al que por onomatopeya se le da el nombre de Kulú-Kulú, pues imita el ruido que producen los dados cuando el banquero los agita sobre un platillo cubierto de una pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos juegos se juegan en mitad de las calles del bazar chino por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en que están sentados.
Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del Asia es especial, e incomprensible que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Pruébalo y me contestarás.
Pero volvamos a los juegos y consignemos los tres más productivos para el gobierno portugués.
El Pakopio es una especie de lotería antigua o primitiva, en la que, mediante una contribución, un comerciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en todas las tiendas del bazar unos papeles o billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero a su vez, y a una hora dada, antes de que empiece el juego en las tiendas expendedoras de billetes, ha borrado a su arbitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depositado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero imaginó, cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh moralidad!
El segundo en jerarquía superior es el Fantan. Doce son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, que se consagran hasta media noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.
Entras por una puerta adornada con calados dorados, como todas las casas lujosas de China, y alumbrada por linternas de papel de colores o de cola de pescado, con inscripciones. Un biombo de madera oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar del suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y ennegrecida por el aceite de coco de las iluminaciones, y penetras en un cuartucho con un balcón o galería elíptica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde está el tapete. Algunas casas tienen otra galería en el segundo piso, tan falta de aseo como la del primero. Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de grasa, en compañía de varios culis y europeos, que los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y otros puntos a probar fortuna. Unas canastillas, pendientes de unas cuerdas sujetas a la baranda de la galería, te permiten hacer llegar a los de abajo el dinero que vas a exponer. Nada te digo de los perfumes que allí se aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lámparas y eructaciones de los chinos, que consideran este desahogo como el más delicado refinamiento de cortesía, y en especial cuando uno está convidado en casa ajena para demostrar que la comida le ha sentado bien.
Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y escogido como el de las galerías, rodea un mostrador, cubierto, a falta de tapete, con una esterilla fina de junco, en el centro del cual hay como un ladrillo de plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un número del 1 al 4. Un culi, desnudo hasta la mismísima región umbilical, es el encargado de colocar las apuestas donde el público le marca, y de pagar a los gananciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la casa para la contribución), o de cobrar íntegro de los perdularios. Otro caballero chino, en lucha anatómica con el primero, se entretiene en un aditamento del mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los duros mejicanos, que por aquí son la moneda corriente, y envolver en papelitos los fragmentos de plata, escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pasemos al croupier, o tenedor de la banca. Es este, por lo común, un señor carnoso y tranquilo, que no exhibe lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan desnudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue abdominal que candorosamente descansa sobre la mesa. Tiene delante como quinientas o seiscientas sapecas. La sapeca es la moneda china de cobre en circulación; su diámetro es el de un cuarto de los nuestros, con un agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte forman dos reales. Las sapecas destinadas al Fantan son, sin embargo, ad hoc, más perfectas y sin inscripción como las otras. Toma un puñado como de doscientas próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo aquel promontorio con una pequeña tapa de latón para impedir que el público pueda contarlas con la vista, tapa que mientras está puesta, indica que puede hacerse juego.
Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada por el extremo inferior, empieza con una delicadeza exquisita a separar con ella sapecas de cuatro en cuatro, hasta dejar una última porción que, según resulta ser de una, dos, tres o cuatro, da la ganancia a los que han jugado a estos números, amén de las infinitas combinaciones a que da lugar el sistema. Por supuesto, que cuando aún quedan por separar sesenta o más sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va a ser el residuo. Dícese también que no obstante la vigilancia del público y el esmero con que la operación se practica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le conviene. De mí he de decir que he estado tres veces para enseñar este juego típico a extranjeros, y ellos y yo hemos perdido siempre.
Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en grado supino, es el juego del Vaisen o de los examinandos.
Si las instituciones chinas y sus preceptos sociales y políticos tuviesen en la práctica la observancia exigida por sus códigos, habría que confesar que era la primera nación del mundo, y tendríamos a honra el imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que las sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores.