Hable el Vaisen.
En China no hay otra aristocracia que la del talento. Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos, todo, en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el más oscuro y humilde del país deje de poder optar a la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en Pekín y en Cantón, alternativamente, exámenes públicos, para cuyos ejercicios existen espaciosos locales con cuatro, cinco mil o más celdas, en las que, tapiados como los cardenales en la elección de Papa, ejecutan los examinandos sus composiciones; no creas que de ciencias exactas, naturales y físicas, no; toda la sabiduría de los celestes se reduce a conocer el mayor número de signos de que se compone su escritura, las máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus monarcas con hechos notables de su historia. Así obtienen el título de mandarín, que comprende nueve grados y se distinguen por el color del botón que colocan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a su tiempo, con lo cual se hallan en aptitud para ejercer un destino público, el que, con una gran longevidad y un hijo varón, completa los tres mayores beneficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar los exámenes de un año se reparten las listas de los examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello. Fórmanse con estas listas millones de cuadernos en que figuran los nombres de los alumnos; estos cuadernos, que son otros tantos billetes de lotería, se venden a distintos precios a los jugadores, quienes marcan, como en el Pakopio, los nombres de los que juzgan que han de ser aprobados, ganando al terminar los exámenes en proporción de los nombres que acertaron y de la cantidad que representaba el cuaderno. ¡Qué sumas se jugarán al Vaisen cuando el monopolizador de esta industria en Macao, único punto donde se tolera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cincuenta mil duros anuales!
Excuso decirte que cuando se aproxima la época de los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones a los catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprueben a fulano o a mengano, sobre el que se ha inclinado la balanza de las apuestas; o bien recurren al examinando mismo para que conteste mal a trueque de dinero. En fin, no hay género de cohecho ni de prevaricación que deje de ponerse en práctica, con lo que resulta una segunda lotería para alumnos y examinadores.
Ahora, antes de empezar a tratar al chino, acabemos de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hembra, con su traje y su fisonomía; ambos son uno, salvo el que en la patchama de las mujeres las mangas perdidas solo llegan a la mitad del brazo, que adornan con una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y los aretes de las orejas. ¡Coquetuelas en todas partes! Subiendo un peldaño en la escala femenina, tropezamos con la camarera o ama, como la llaman por aquí. Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idéntico, si bien aseado, y con la patchama azul de lustrina ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos. Usa zapatos con dos tacones, a proa y a popa, o de seda como el de los hombres, de forma agalerada, con una suela blanca de fieltro sumamente gruesa. Las hay que llevan medias de Europa; pero nunca se tapan la cabeza con shalakó como las jornaleras; se preservan del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas de Eva, puesto que la que ocupa una posición desahogada, la mujer de clase, si aquí puede llamarse de ese modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su marido.
Vamos a hablar ahora del famoso pie pequeño de las chinas. En todas las clases lo encuentras con profusión. He aquí cómo se practica esta bárbara costumbre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro, triturándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le doblan el pie de modo que se apoye al andar sobre las falanjes, quedando el dedo gordo formando el empeine, y le maceran el talón, que desaparece por completo en el tobillo. Es decir, que el pie lo forma solo el dedo respetado; lo demás es un muñón informe. Naturalmente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vistosos colores y bordados, y sujeto a la canilla por una faja para que se sostenga, resulta de una pequeñez inconcebible y se da al pie la apariencia de una pata de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce, o mejor dicho, se le atribuyen varias causas. Pretenden unos escritores que fue por adulación hacia una emperatriz que, por lo diminuto de su pie, mereció ser española; suponen otros que es signo de distinción para dar a entender con ello que no necesitan andar y pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo, pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un paso. Algo de esto último debe haber dado la inclinación del chino a hacer ver que puede derrochar dinero, y sus aficiones a lo simbólico y emblemático, como lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribeteadas por lo común, para indicar que no se consagran a tareas manuales. Mujeres hay que las llevan cubiertas con dediles, y en Siam se ven individuos con treinta centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en forma de tirabuzón.
Volviendo al pie pequeño, y respetando las opiniones de los que saben más que yo, opino, sin embargo, que hay otra razón para este martirio. Con la trituración desaparece por completo la pantorrilla; desde el tobillo a la rótula, la pierna no es más que una canilla; pero en compensación los muslos y las caderas adquieren un desarrollo fenomenal y muy en armonía con los gustos estéticos de los chinitos.
—¿Por qué no suprimen ustedes esa costumbre? —pregunté a un celeste de quien me asesoro para mis apuntes.
—Porque nos gusta —me respondió— ver cimbrearse al andar a la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe tener piernas de faisán.
—Pero eso es bárbaro —añadí.
—¿No lo es más el corsé europeo? —objetó en son de demanda.