—De ese modo condenan ustedes a la pobre mujer a no participar de ninguno de los goces de su sexo —proseguí eludiendo la pulla.

—¿Cuáles?

—El baile, verbi gracia.

—¡El baile! —me dijo soltando una carcajada—. Nosotros no bailamos nunca. Es una de las cosas que más nos llaman la atención en ustedes; que se sofoquen y echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No sería más natural y más noble dejar bailar a los criados, y que los amos los contemplasen? Es lo que nosotros hacemos con los músicos y los juglares; nosotros los pagamos y ellos nos divierten.

—Tiene usted buenas ocurrencias.

—No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras.

—¡Hombre!

—Sí, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy en razón en el traje cuando sirven para abrochar algo.

—Y nosotros lo mismo —le argüí.

—Entonces ¿por qué se ponen ustedes estos? —me dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los dos tradicionales botones del talle de la levita.