Ante tamaño argumento confieso que me quedé mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante de mí un europeo, no puedo dejar de mirar aquellas dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose de las modas de París, y diciéndome: «Te veo».

En todas partes del mundo se nota diferencia en los rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición y otro educado. Hay en este último más delicadeza en los trazos, más suavidad en los músculos, más distinción en general. Aquí no; todos son iguales. El príncipe Kung, regente del imperio, el virrey de Cantón, el opulento empresario del opio, el mercader y el culi, son ejemplares del mismo cliché.

Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del traje. Todo el que no es culi usa patchama de la misma forma que la de aquel, pero de merino o de seda cruda, de delicados colores celeste, violeta o amarillo de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre unos calcetines de lienzo blanco, muy ajustados del pie y anchos de la canilla. En invierno añaden unas pistoleras, o sea un segundo calzón sin fondillos, que deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta arriba y un capotón guatado y sin mangas como el de los culis, pero limpio relativamente. La blusa se convierte en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando se visten de gala, de igual forma y color que la patchama, pero descansando en los talones. La cabeza, en verano descubierta y garantizada por un paraguas, en los meses de frío se la tapan con una flanerita de seda negra del tamaño de un solideo y colocada como este.

El boy o ayuda de cámara es el único chino de modales más desenvueltos y de rostro más simpático; yo creo que en ello influye su trato constante con europeos. Habla inglés o portugués, según la colonia en que habita, francés los de los puntos en que hay concesión de terreno a aquella nación, algunos alemán por análoga causa, y muchísimos español por haber permanecido en Manila o ido a Cuba en el período de la emigración. El boy es el jefe de todos los criados de una casa; las mujeres no hacen otro servicio que el de camareras. Se necesitan los siguientes: Un cocinero con siete duros mensuales: él provee el menaje de cocina y se agencia el pinche o aprendiz. Dos culis de silla; algunos tienen de cuatro a seis duros; encargados de la limpieza de la casa y de servirle a uno de acémila enganchados a la litera. Un office coolie, para las comisiones, correo y mandados burocráticos, con igual salario, y por último, el boy con ocho duros.

Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el cumplimiento de su deber, los chinos son un verdadero modelo de criados. No viven más que para adivinar lo que a su amo puede hacerle falta. Hace pocas noches, con el deán de la Catedral de Manila, que me hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al Círculo; de allí nos trasladamos a una casa de Fantan para que conociera este juego. A la salida, sobre media noche, advertimos que llovía; pero al trasponer la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla, sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al que jamás concurro.

Un diplomático, amigo mío, asistió de uniforme a una comida oficial en Hong-Kong. Después se fue a tomar el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo indispuesto, le obligaron a pasar allí la noche: al amanecer del día siguiente estaba su boy personado en la casa con el traje de levantarse y otro de calle para cuando su amo se despertara.

Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y el office coolie, como un podenco, se pone a olfatear tu rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y haberte dado la misiva.

Con su salario se mantienen, se visten y economizan para dar la mitad lo menos a su padre, o sostener su casa si no son solteros.

En cambio no les mandes nada que esté fuera de sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de ellos. El office coolie no te encenderá una lámpara ni tomará una escoba, el culi de silla no te sacará una camisa del armario, el boy no irá con un recado a casa de tu vecino.

Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instrucciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos los papeles.