En este intervalo, llega a la casa Wang-Sun, joven y apuesto mancebo, que ignorando la muerte de Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomendación, desde lejanas tierras, a ser su discípulo y compartir con él su hogar. La viuda le da alojamiento hasta que disponga su regreso, y ambos lloran al difunto, encomiando las excelencias de su carácter y sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en aiguille, como dicen los franceses, Tián concluye por enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo José, quiere buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la viuda del Putifar chino. La pasión de Tián se excita con su esquivez, y por fin... ambos se ablandan.

Entonces óyense golpes en la caja; Wang-Sun, aterrado, echa a correr; Tián, con mano trémula, abre el féretro, y lo halla vacío. Vuelve a la sala en busca de su amante, y se encuentra con su marido Tchuang-Tsen, que la recibe con una carcajada, y le explica que es él quien ha tomado la forma de Wang-Sun, concluyendo con esta frase:

«¡Vamos! ¿Te convences de que lo mismo sois todas?»

Los hechos históricos que en el teatro se representan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los combatientes se entregan a saltos muy notables, luciendo trajes lujosísimos y armas de una rareza ejemplar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan, y las describiré a su tiempo cuando te hable de mi visita al virrey de Cantón.

Lo original de estas representaciones es el combate. Si la crónica refiere que el héroe de la leyenda mató a quinientos combatientes, no cesará el espectáculo mientras los comparsas no hayan pasado otras tantas veces bajo el filo de su espada, que él blande de un modo muy artístico, figurando que mata con ella a sus enemigos; hasta que al fin, para indicar que la lucha ha terminado, coge una cabeza de cartón que está sobre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo. Entonces retumban vivas y gritos de victoria, y cercándole de banderas, se lo llevan en triunfo; el público murmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno a respirar el fresco ambiente de la tarde.


Macao, 26 de marzo de 1880.

Mi querido amigo: Ya te he dicho que en vano busca uno colores en China; pues lo mismo sucede con los olores (salvo los malos, peculiares de este país), los ruidos, los afectos y las pasiones. Todo aquí es vergonzante o rudimentario; no hay nada franco y decidido. Aspirando bien, llegas a encontrar a la flor algún perfume recatado y modesto; las frutas no son ni agrias ni dulces, pero sí insípidas; los instrumentos músicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chinos y chinas cantan en falsete, sin vibraciones en la voz y en el diapasón de la confidencia; se diría que hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tanto, el saber que en China no hay amor, con lo que probado queda que no hay nada: lo que no obsta para que los estadistas difieran en reconocerle de cuatrocientos a quinientos millones de población, que es una apreciable diferencia. Esto indica que hay familia en el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está organizada esta operación aritmética.