Su literatura dramática no puedo yo apreciarla, aunque conozco algunas traducciones de obras antiguas. Sin embargo, sé de ella lo bastante para consignar que los entremeses modernos son, en su mayoría, obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus costumbres. En ellos ves títulos como este: El castigo de una mujer que no ha tenido hijos varones, circunstancia que entre los celestiales autoriza al marido a tomar concubina legal; como verás cuando te dé a conocer al chino en familia. Son de larga duración, sin estar divididos en actos, o constando de uno solo. Se representa y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto los personajes masculinos como los femeninos, cantan en falsete con unas modulaciones imposibles de comprender, y llevando un compás muy parecido a un laberinto. Añade el acompañamiento de aquellas chicharras, y el ruido infernal del gong y los platillos, que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y tendrás una idea de cómo se rinde aquí culto a Euterpe. Esto no obsta para que en Pekín haya un ministerio que se llama de la música.

Yo he asistido a la representación de una obra, que es la historia de un matrimonio, a cuyos contrayentes otorga el cielo, coram populo, el beneficio de un hijo en la forma de un muñeco de cartón, y a cuya paternidad legal puede el público servir de testigo de prueba.

Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso carácter y de una intención filosófico-social del mejor cuño. Juzga por este relato.

Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casado con la hermosa Tián. Un día que el marido se paseaba por el monte, observó junto a una tumba a una linda mujer aventando la tierra con su abanico. Preguntándole lo que aquello significaba, contestóle ella que aquel sepulcro era el de su marido, que al morir le había impuesto la obligación de no volverse a casar hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese completamente seca, y que trataba de ver si con sus esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en negarle: secarla.

El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que la humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge con evidentes muestras de júbilo, llenando de caricias a Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su abanico. De regreso a su casa, entera a Tián de lo ocurrido, y esta, que demuestra ser mujer rígida en sus principios e intransigente en cuanto con la decencia y la consideración se relaciona, se desata en improperios y llena de dictados a aquella mujer, que tan pronto y sin recato alguno olvida el respeto debido a su difunto esposo.

—Lo mismo harías tú y todas —le contesta el sabio.

—Nunca —replica Tián—. Eso es indecoroso e impropio de mujer que se estima.

Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se queda con su razón, sin avenirse.

A los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se muere. Tián se abandona al más vehemente y más ostensible dolor. Terminadas las ceremonias fúnebres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, según la usanza china, a guardarle en la cámara mortuoria los tres o cuatro meses de rigor entre la gente rica.