Se me pasaba por consignar un detalle. Las representaciones dan comienzo a las siete de la noche, continúan hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden hasta las once, y terminan a las cinco de la tarde. El que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los ruidos alternan con los perfumes.

Pasemos a la escena, poco elevada sobre el nivel del público. Figúrate una decoración de sala cerrada; pero que en vez de ser de tela y madera, sea de ladrillo y yeso, es decir, fija, invariable, sin más puertas que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pinturas y hojarascas de talla dorada. De los muros penden grandes tarjetones encarnados o negros, donde con caracteres de oro se consignan el nombre de la compañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores, prosecución de los que en el público sirven para espacio gratuito, conducen al foro, donde en un solo recinto se hallan la guardarropía, la sastrería, el vestuario y todas las dependencias.

En el centro del escenario está la orquesta destinada a acompañar a los ejecutantes. Su instrumental se compone de una especie de rabel o violín de una sola cuerda, una o dos guitarras chinas, desmesuradamente grandes, y con la caja en forma de concha, una como a modo de dulzaina, címbalos, gong o campana china, un tambor convexo de metal, como una cazuela pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que producen el sonido de nuestras castañuelas. Todo el proscenio está invadido por un centenar de culis, parte de ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores y dependientes, colocados, como los coros de las óperas en los teatros de provincia, en fila a guisa de soldados de papel. Comprenderás, por lo dicho, que el espacio libre para representar se reduce a unas cuatro varas en cuadro.

Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que pase la acción, se reducen a una mesa tosca de madera con una silla de bambú a cada lado. Si el teatro representa una casa rica, revisten las sillas de un paño encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol a cuyo pie debe sentarse un personaje, cúbrese el asiento de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que dice: «Árbol.»

Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se convierte en cama, agregándose unos riquísimos cortinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten en la mise en scène.

Desterrados del teatro los trajes de la dinastía reinante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los artistas usan los de la época de los Ming, pura rama celestial o del imperio del Centro, que son lujosísimos, raros hasta lo indescriptible, y de que solo puedo darte una ligera idea, recordándote los personajes de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas del país. Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo va fiado a la memoria; con la particularidad de que el público conoce casi siempre la obra tan bien o mejor que los actores, a quienes nunca aplaude, reduciéndose la manifestación de su agrado a un murmullo de aprobación.

La mímica es entre los chinos el fundamento de la declamación; todo lo componen con gestos. Un personaje que escribe, otro que come, no se servirán nunca del pincel (que es su pluma), ni de la taza o los palillos (que forman el plato y el cubierto); con las manos dan a entender como pueden lo que hacen; y sin duda para ellos debió escribir aquel libretista del baile El robo de las Sabinas, la célebre acotación que decía: «Los romanos dejan ver por sus ademanes que carecen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado sin apurarse.

Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sirven como símbolo: por ejemplo, el personaje que figura estar montado lleva como látigo una cola de caballo; el que navega blande un remo, porque es de notar que la acción no se interrumpe nunca ni se subsanan ciertas justificaciones con recursos de arte. Si alguien dice que se va de Cantón a Pekín, y la escena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino, es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los medios de locomoción de que ha de servirse, llegando a tal extremo la escrupulosidad de estos detalles, que no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y golpear el aire con sus nudillos cuando figura que llama en otra casa.

Pero lo más raro sin duda en este convencionalismo, es la manera de dar a entender que uno de los interlocutores no ha oído lo que los otros se han dicho aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al público.

Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sorprenderá el saber que, para demostrar un personaje que es hipócrita y de doble intención en sus actos, se pinta las narices con una mancha blanca. Por supuesto que abundan las prosopopeyas o personificaciones de ideas, entre las cuales he visto a la inspiración, vestida como de arlequín, penetrar en el cerebro de varios examinandos que concurrían a un certamen del grado de mandarines, dando brincos por encima de sus cabezas.