Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en comparación de los templos en donde se rinde culto a Melpómene y Talía.

Los chinos son idólatras del teatro: es una verdadera pasión la que tienen por estos espectáculos, en que se representan batallas y pasajes de su historia, alternados con entremeses, de autor siempre anónimo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en lo que muy pronto creo que los vamos a imitar en Europa, si seguimos por donde andamos.

Pero vayamos por partes.

Las compañías, por lo menos las que yo he visto, están compuestas de hombres solos, y es notabilísima por cierto la habilidad con que los encargados de los papeles de mujer las imitan en todo; llegando la perfección hasta el punto de remedar el pie pequeño de las chinas, formado con un taruguito de madera que se colocan en la punta de los dedos, y con el que tienen que andar de puntillas. Su identificación con la metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se los toma por mujeres. Me han asegurado que hay compañías exclusivamente formadas por el bello sexo y otras mixtas; y verdad debe ser, por cuanto las leyes chinas niegan a las actrices el derecho de contraer matrimonio legal, relegándolas a la condición de concubinas.

Estas compañías, más o menos numerosas, se dividen en de 1.º, 2.º y 3.er orden, y llevan una vida nómada y errante, como la de nuestros antiguos faranduleros, trabajando allí donde los ajustan, si bien su adquisición es siempre disputada. Rara vez son empresarios los actores.

Lo que llamaremos temporada dura cinco días consecutivos, y los artistas reciben por su trabajo una remuneración que varía entre 600 y 1,500 duros.

Generalmente los teatros se improvisan con bambú en los pueblos de poca importancia; pero donde las representaciones son frecuentes, hay edificios de planta, hechos de ladrillo y yeso, a cuya categoría pertenecen los dos que posee Macao.

La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de madera oscura, separadas por un callejón en el centro, componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que concurre la gente acomodada. Estas lunetas están separadas de la pared por un ancho pasillo a cada lado, a los que de pie y gratis asiste el pueblo. En el primer piso hay dos galerías laterales para señoras y caballeros preferentes. En el segundo y en el fondo, paralelamente a la escena, se levanta un graderío para todos, como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas del vulgo por una barrera y de los vecinos por un tabique, son los palcos para las autoridades de la Colonia.

Los precios de las localidades varían desde un real hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debieron estar enlucidas de yeso, no están ya más que relucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas y frecuentes fumigaciones. Alguna que otra lámpara de aceite de coco, despabilada a intervalos por culis (coolies), vestidos lo estrictamente necesario para no poder decir que van desnudos, alumbran y asfixian al público. El traje del que no paga y el de la muchedumbre de a real, viene a ser como el del culi. Los de los caballeros y señoras ya nos son conocidos. Pero hay otra clase de Evas, luciendo patchamas de la forma invariable china, si bien bordados en sedas de colores vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oropeles de su prendido y el blanco de magnesia y rojo de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para imitar a las grandes damas, acusan a la legua su triste condición de hetairas. Su misión se reduce a dar testimonio con su presencia de la prodigalidad del que las alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza, no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal circunstancia algo más que el precio del billete, y ha convidado a aquella criatura, para que esté sentada junto a él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa; pues se me olvidaba decir que todos, sin distinción de sexos, fuman durante la representación, comen y beben y se dicen que les ha sentado bien.

En los pasillos hay puestos donde se confecciona toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la morcilla asada, que aún humeante, sirven por la sala los dependientes de los abastecedores. Imagínate el olor que allí habrá, si agregas a esto el que todos los descartes de la naturaleza se llevan a cabo donde al público le place. Aquello es un vasto jardín. ¡Quién fuera alcalde de barrio de Sevilla para poder poner aquel célebre aviso: «¡No se premite jumar en el zalon ni llevar castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!»