Llegada la época de casar al muchacho, lo que si es mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar los novios no se conocen; uno y otro ignoran en absoluto con quién van a compartir la existencia. Una casamentera de oficio arregla con los padres de los contrayentes las condiciones del contrato, en las que para nada interviene el dote, pues no le hay. Basta saber que la novia es de pie pequeño y su familia de posición análoga a la del novio. Si es posible, se procura que los dos contrayentes hayan nacido en el mismo día de la luna (los chinos computan por lunaciones), si bien en año diferente, en atención a que ella debe ser más joven. Te diré de paso que, como para los celestiales el ser viejo es un título, todo chino cuenta adelantado, y desde que nace tiene un año: de modo que cuando realmente cumple uno, para él son dos.

Unos días antes del destinado para la ceremonia, recorren las calles multitud de culis, harapientos como siempre, cargados con los regalos de la novia, consistentes en provisiones de boca para un mes, y el ajuar; todo metido en cajas, sobre las que hay unos letreros expresando el contenido, que nunca es tan ostentoso como reza el cartel, dado el defecto de ostentación de la raza.

El día de la boda, a las nueve o las diez de la noche, la novia se viste con lo peor que tiene; deshace su peinado de soltera, y a medio hacer el de casada, se despide de su madre. Es condición precisa que alborote la casa, fingiendo gran desesperación; y así la bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla nupcial, palanquín cerrado por todas partes y adornado de vistosa talla, que se alquila ad hoc, y en el que la meten a puñados y como por violencia, al compás de sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la dulzaina, el tamborete convexo de metal y los cohetes del séquito, compuesto de culis provistos de linternas de papel de todos tamaños y hechuras.

Antes de salir del hogar paterno, la madre arroja sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de vino, extraído de este grano, para que la abundancia acompañe a su hija, y puesto un velo rojo a modo de cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en marcha hacia la casa del novio, seguida de la casamentera y de un marrano abierto en canal y asado, con que la suegra tiene que obsequiar necesariamente al yerno. En cuanto este advierte la proximidad del cortejo, sale a la puerta y espera que depositen la preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el velo que cubre la litera y llamar a su esposa, que continúa lanzando ayes como si la desollaran viva. Si el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra llamando a su mujer merced a una patada que da contra la puerta del palanquín; si, por el contrario, la boda le viene cuesta arriba, se concreta a golpear la silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encantado y la novia se presenta cubierto el rostro en señal de rubor. La casamentera la toma sobre sus espaldas, y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las escaleras y la deposita detrás de la cama, sobre el duro suelo. Síguela el marido, contempla a su cónyuge, y si no es de su agrado, se presenta ante los circunstantes con el abanico metido en la babucha; pero si merece su aprobación, se lo coloca entre el pescuezo y la cavalla o túnica, cena con los circunstantes y remite a su suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio de satisfacción absoluta.

La noche se pasa devorando, bebiendo té, disparando cohetes y oyendo aquella música infernal. A la mañana siguiente tiene lugar la recepción de los parientes y amigos, provistos de su correspondiente regalo. Una vez reunidos, colocan a la novia en el centro, y las mujeres que la rodean principian a decir todo género de obscenidades y conceptos libres, que aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el acto envuelve una especie de examen de su inocencia. Restituida al hogar paterno, y convencida la madre de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al recato, descósele las vestiduras que iban unidas entre sí para que no pudiera ser despojada de ellas, lávale la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casada, y con los aderezos propios de su condición, regresa definitivamente a casa de su marido, donde tiene sus habitaciones reservadas o su gineceo, inaccesible al sexo fuerte extraño a la familia.

La mujer, degradada y envilecida en el Celeste Imperio, no come jamás con su marido, quien no titubea en sentarse a la mesa con los últimos culis de su servidumbre; y mientras no tenga un hijo varón, está en el deber de considerarse como la esclava de su suegra.

El adulterio contra mujer legítima o primera, es decir, no concubina, es castigado de muerte sin substitución; pues en los demás casos de pena capital, el reo puede comprar substituto, y la ley se da por satisfecha con decapitar a un hombre que se avenga a purgar el delito ajeno.

Los chinos, ostentosos por naturaleza, toman concubinas sin limitación, como cuestión de lujo, aun cuando su mujer les haya dado hijos varones. Todas habitan bajo el mismo techo y en perfecta armonía; pero los hijos de las segundas mujeres no pueden llamar madre sino a la esposa legal (de quien son criadas las otras), si bien gozan de toda consideración y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos legítimos que son según sus Códigos.

Uno de los cuidados más importantes del chino es hallarse rodeado de los suyos en el momento de la muerte; el hijo mayor es el encargado de dar a las cenizas de sus padres los honores más exagerados posibles, honores que a veces conducen hasta a la ruina. Vayamos por partes.

Desde el instante en que principia la agonía de un celestial, todos los suyos rodean el lecho y prorrumpen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto aquel espira, pues, rituales, más que espontáneas, tienen por solo objeto dar al moribundo un postrer testimonio de consideración; y muchas veces se alquilan llorones de oficio, si la familia no es bastante numerosa para armar todo el ruido de precepto.