Macao, 30 de enero de 1881.
Mi querido amigo: Los chinos computan por lunaciones y por los años de entronizamiento del príncipe reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año séptimo del emperador Kuang. La única fiesta, propiamente hablando, que le está concedida al celestial, y cuya duración es generalmente de treinta días. Es condición indispensable que nadie entre en el año nuevo sin haber pagado todas las deudas contraídas en el anterior; de ahí el que a la espiración de diciembre los artículos de lujo se vendan en las tiendas por la mitad del precio, la estadística de hurtos, nunca robos, aumente de una manera considerable, y los prestamistas no puedan dar abasto a los clientes.
Quince días antes del que hoy se conmemora, las transacciones se paralizan; el chino, comerciante con lonja abierta o propietario con casa cerrada —como lo están todas las que no son expendedurías, pues el prurito del celestial es que nadie inspeccione sus actos, y para ello fabrica su vivienda a cubierto del murallón que adopta por fachada— todo confucista, budista o taotista, en fin, barre o manda barrer su hogar; operación que no vuelve a repetir hasta el año siguiente, pues entre otras preocupaciones, tiene la de creer que quitar las inmundicias, es ahuyentar la fortuna. Tanto es así, que el mayor castigo que en su superstición puede dársele a un celestial, es condenarle a pobreza eterna, pasándole una escoba por la cara. Y por mi nombre, que deben ser riquísimos, a juzgar por los ostensibles signos de economía de que hacen alarde.
Engalánanse los almacenes con hojarasca de papel de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas de plantas naturales, algunas de las cuales, por su rareza, alcanzan ciento o más duros de valor; ilumínase todo con arañas, linternas y candelabros; dispónese en el centro una mesita cubierta con riquísimo tapete de seda recamado de oro, sobre la cual el dragón sagrado u otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de las golosinas que los visitantes han de comerse después, y da comienzo al disparo de millones de pequeños cohetes, con que sin interrupción están saludando a la luna.
Al principiar el año nuevo, o sea a las doce de la noche, pues nadie duerme para no entrar en él con malos sueños, todo el mundo —menos la mujer de condición que vive siempre reclusa— échase a la calle a contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la pólvora, asistir a los espectáculos teatrales y decir Kon-ji o sea «viva» al deudo, pariente o amigo. Amanece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos barrotes verticales de madera al exterior, ingeniosamente atrancados por una traviesa que los sujeta todos por dentro, quedan cerradas, a excepción del postigo, para dar paso a las visitas. Estas las constituyen caballeros, que aquel día no parecen millonarios por lo limpios que se ponen, que van a comer alguna golosina y a emborracharse jugando a la morra, o sea a acertar el número de dedos que entre los jugadores presentan simultáneamente. Al revés que entre nosotros, el que pierde es el que queda obligado a beber, y el que gana el que paga el vino de arroz, único que ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de porcelana. Aunque la embriaguez llega a su colmo en estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca una consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del año se encuentra un chino beodo por la calle. La morigeración de este pueblo, en lo que a costumbres públicas se refiere, es ejemplar. ¿Será la civilización el germen de nuestros vicios? Creamos que no, y pasemos adelante.
Por supuesto que en ese día no puedes contar con ninguno de tus servidores; tienes que andar a pie, prescindir de recados y darte por muy feliz si, en gracia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se digna hacerte la cama y darte de comer algo frito, para acabar pronto. Desde muy temprano vienen todos a prosternarse en tu presencia, y en seguida echan a correr al bazar a comprarse zapatos, de que hacen provisión para los doce meses restantes; pues nadie deja de estrenar algo en año nuevo; y hasta los pobres de solemnidad, a falta de otra cosa, renuevan el cordón con que se trenzan la coleta. En cambio ellos te obsequian con toda clase de dulces, desde el de toronja o zambúa, hasta el de guisantes en vaina azucarados; y te regalan cohetes.
Entre las clases acomodadas el ceremonial es el mismo, sin más diferencia que el hacerse a cencerros tapados. Se saludan por tarjetas, pedazos rectangulares de papel grana, de un palmo de largo, con tres o cuatro caracteres negros, del diámetro de un napoleón; se envían presentes comestibles, y se visitan con el ritual que te explicaré al hablarte de mis relaciones sociales con los hijos del cielo. Poco a poco el bullicio va perdiendo en intensidad, y quince días después todo torna a su natural estado.
Los chinos celebran otras festividades; pero en ninguna de ellas se cierran los establecimientos ni se suspende la vida pública. La conmemoración de los difuntos, que tiene lugar durante la cuarta luna, se reduce a quemar objetos de uso doméstico, simulados en papel, que por ese medio creen enviar a los errantes espíritus para que no carezcan en la otra vida de lo necesario. Lo más notable de este rito son las visitas a las pagodas que entonces se construyen a expensas de los consumidores, pues se sufragan con el producto de una especie de subsidio con que todo expendedor recarga sus ventas anuales y que religiosamente entrega a la comisión encargada de alquilar o adquirir los adornos y de dirigir los festejos.
Estas construcciones, que ocupan un área como la plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como la de la nave del Escorial, están hechas exclusivamente de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas bóvedas penden millares de lámparas y objetos de adorno, cuyo peso maravilla que puedan resistir unos soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algunas de las cuales sustentan hasta cien globos de luz, tienen sus brazos y machones revestidos de diminutas plumas de un pájaro azul turquí que se confunden entre filamentos de oro con el más acabado esmalte de orfebrería. El interior de las pagodas no puede describirse; es de un efecto maravilloso, hasta para los europeos acostumbrados a ver prodigios en los concursos universales de la industria. Sobre colosales armazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio gigantescas mariposas, aves e insectos de flores naturales con todos los matices y perfumes de que es susceptible la naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos ramilletes y encuadradas en magníficos marcos de talla, vense representaciones esculturales de tamaño natural y de movimiento, recordando pasajes de las mejores obras dramáticas; cuyos personajes, luciendo los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro de lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, que nadie ha podido aún igualar en perfección ni en opulencia. Más allá los bronces del culto y suntuarios se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín, de los tiempos remotos, confundidos a su vez con los monstruosos bloques de verde jade o de sanguinolento mármol de la Tartaria. Mientras la susurrante fuente humedece las espirales de humo perfumado que exhalan centenares de pebeteros, los ídolos búdicos, de quince codos de altura, resisten con sus atléticos brazos los arranques del entablamento, y las obras más acabadas del recamo de oro y plata sobre seda, cuelgan desde el friso hasta el pavimento como ramificaciones de un Pactolo aéreo e inagotable. Es la primera vez que he visto realizado el esplendor de mi China soñada. Desgraciadamente solo dura la ilusión ocho días al año. Quince minutos han bastado muchas veces para que un incendio lo devorase todo y produjese innumerables víctimas; pero ¿quién se resiste a visitar de noche aquel admirable conjunto, realzado con millares de luces y transparentes de tan delicado gusto como caprichosas formas? Desgraciadamente el encanto huye con solo fijarse en el sucio porte de la concurrencia. No hay compensación.
Contrastando con esta magnífica exposición, llega la fiesta del plenilunio de la octava luna; manifestación modesta, pero imprescindible, del culto budista. En ella se conmemora el aniversario de la creación por Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en su casa, y aguarda con la ventana abierta y a oscuras a que la casta Selene haga su aparición en la rendija del firmamento que le permite ver su angosta calle; y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y come en su honor un pedazo de pastel, confeccionado exprofeso con tocino y almendra para aquella solemnidad, cuya virtud no se me alcanza; pero te diré acerca de su consumo, que una sola pastelería de Hong-Kong produce anualmente a cada uno de sus cinco socios, la enorme cifra de diez mil pesos fuertes. Verdad es que se trata de un pastelero más famoso que el mismo de Madrigal.