Otro espectáculo que realmente tiene importancia y novedad para el europeo es una procesión de linternas. Estas no se verifican en épocas determinadas; son expansiones accidentales que se permite sufragar, ya un vecino acomodado a quien un negocio le ha salido bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia memorable, ya, en fin, un barrio que impetra el favor del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque, aunque retarde con una digresión su relato, debes saber que aquí la medicina no constituye facultad ni se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo; no hay más que curanderos, cuyo mérito está en proporción del número de recetas que poseen. Su diagnóstico es muy sencillo: para ellos las enfermedades se reducen a fuego o aire. Su terapéutica aún lo es más. El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire lo sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y la cabeza, lleno de cicatrices y quemaduras. El tifus, que en China se llama fiebre del cabello, consiste, a su juicio, en una como venita o hebra capilar que circula por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay que extraer. Para asesorarse de que el enfermo padece semejante dolencia, le dan a saborear un manjar amargo; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa de que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin embargo, algunos medicamentos de virtud reconocidísima; y no puedo resistir a la tentación de transcribirte el que para combatir el cólera emplean en el Ton-Khin. Se lo debo a nuestro compatriota el Reverendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus, obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región de Annam; que siempre lo ha usado con resultados satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos, mejor de río que de mar; machácanse bien con su cáscara; se disuelve media cucharada de aquellos polvos en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da a beber al paciente. Generalmente basta con la primera dosis; pero si el mal no cediera, se repite la operación. Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan también los descartes diuréticos. Para provocarlos y combatir la irritación que origina aquel estado, no hay sino machacar vivos, y por consiguiente crudos, dos o tres cangrejos; mezclarlos con igual cantidad de vino y de la misma clase que en el procedimiento anterior, y, colado su jugo, dárselo a beber al enfermo.
Volvamos ahora a la procesión de linternas, a la que concurren todos los vecinos del barrio con objetos de su exclusiva confección o alquilados a industriales al efecto; pero de un modo o de otro, llevados a cabo con una perfección asombrosa. El elemento principal de ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el papel, y una pasta de arroz transparente como el cristal, y muy parecida, aunque más pura, a nuestra cola de pescado, que adaptan primorosamente a unos armazones de mimbre o bambú finísimo.
En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar de la cita; y al estampido de algunos morteretes y de algunos millares de petardos, da comienzo el desfile por el orden siguiente: abren la marcha unas cuantas docenas de individuos, vestidos como todos los que componen la procesión con los pintorescos e indescriptibles trajes de la época de los Ming, llevando piras embreadas en recipientes de metal, que iluminan el espeso humo que van produciendo. Síguense unas banderas más grandes, pero idénticas en corte a las de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí principia un ascua de fuego producida por cuatro o cinco mil linternas de todos tamaños, formas y colores, levantadas sobre unas perchas, cuyo río de luz corta de trecho en trecho, ya un grupo de músicos con címbalos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos (sobre los que repican con una sola baqueta) y el obligado gong; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras andas, llenas de molduras y rodeadas de pebetes; ora unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro, parecidas a las del culto católico; luego los monstruosos ídolos de la teogonía búdica. No ha concluido aún la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro, el buque, el jarrón, el kiosco y el templo montados con flores naturales y circuidos de puntos luminosos, cuando te arranca un nuevo grito de admiración el niño que, simbolizando un guerrero mitológico cabalga sobre un microscópico caballo de los confines del desierto de Gobi, enjaezado a la usanza mandarina y cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial jinete; te encanta la imaginación que han desarrollado en la gigantesca concha con todos los cambiantes de la madrépora, en cuyo seno descansa una elegante china simulando una perla del río de Cantón, o te seducen el albérchigo y la naranja que, abiertos en gajos, presentan a tus atónitos ojos, humanas simientes en la clásica agrupación del arte asiático. Pero donde está el mérito sobresaliente de la procesión, es en la infinita variedad de aquella multitud de linternas, donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa de la inspiración del hombre. Sin detenerme a describir los faroles ordinarios, pequeños unos y colosales otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí constituye un adorno singular; pasando en silencio los tulipanes, girasoles, estrellas, globos y pirámides; ¿cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz, contrastando con el oro de su fruto el verde tono de sus pámpanos; las dos medias sandías con la púrpura de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa, el salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus aletas; los dos gallos combatiendo con la saña de la verdad; el pavo que se esponja ante la contemplación del auditorio; la langosta que despide aletazos o contrae y dilata sus articulaciones; el faisán de Shang-hai; los monstruos gesticulantes emblema de las pasiones humanas; y por último, las monumentales pagodas con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y sus afiligranados detalles —más numerosos y sutiles que los de la arquitectura gótica— dejando escapar por el mosaico de su policromía torrentes de luz y de perfumes? Una guardia, provista de partesanas y lanzones dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede a un hombre con cabeza de león (animal fatídico de esta fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado, que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la lucha de la virtud con el vicio. Este dragón, de formidables fauces y armado con anillos que le permiten plegarse a discreción de los doscientos hombres que lo llevan sobre puntales de bambú, está forrado de seda verde transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene más de cien metros de longitud, y se considera como un favor celeste y un signo de felicidad el que incline la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le dispara entonces unos millares de cohetes en justo reconocimiento, y el reptil se libra a una graciosa y bien combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dilatándose y retorciéndose en espirales luminosas.
Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción de los fuegos artificiales, a que son muy aficionados los chinos. Para el concurso del gran patchon (cohete), se exhiben con anterioridad en un barracón los premios consistentes en un espejito de mano, un transparente, un ramo de papel de talco, o cualquiera zarandaja por el estilo, que ellos en dar no son muy pródigos.
Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico sobre un tablado y empieza a disparar voladores. La muchedumbre, apiñada alrededor, observa la dirección de la caña; aguarda a que baje, y entonces hace prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo cual y consecuente con la superstición que preside todos sus actos, no solo alcanza ventura para sí y los suyos —mayor cuanto es más gordo el cohete— sino que obtiene una recompensa, quedando obligado a sufragar otra para la justa del año siguiente.
Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen de particular más que la candidez. Divídense en diez o doce actos, y cada uno de estos en tres transformaciones, lo que da lugar a que el espectáculo termine a las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas anochecido. Allá va un acto por cuyo patrón están cortados todos los demás. Princípiase por disparar en medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de voladores con poca o ninguna luz, muchas chispas, profusión de humo y largos compases de espera. Luego la escena se traslada a un catafalco, sobre el que se alza un andamiaje de bambú de la altura de una casa de cuatro pisos. Ízanse en él tres como bombos, de cuádruple diámetro que el de los de una orquesta, en que van encerrados los fuegos. Se aplica una mecha al inferior, y después de diez largos minutos, el armazón se abre y deja ver una maceta con una planta cuyas hojas van cambiando lentamente de colores. Llegado el turno del segundo tambor, aparece una rueda horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movimiento que montan a caballo, se apean, riñen o se abrazan, pero todo tan diminuto, alumbrado por unas lucecitas de tan poca intensidad y tan envuelto en humo, que solo el espectador de primera fila puede apreciarlo. La última caja contiene el bouquet; y en honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llamar la atención, pues fatigada la vista con tanto inútil esfuerzo, gusta de que la sorprendan con una masa luminosa; y lo consigue una gran torre transparente de forma octógona, que se desprende desde lo alto del andamiaje hasta el suelo, llevando pendiente de cada ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas, que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, ni se explica que puedan caber en tan estrecho recinto.
Fiestas de Hon-Kung en Macao