A estas delicadezas suceden los platos fuertes. Manos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos salados y prensados, que saben a jamón, faisanes que en Shang-hai valen a dos reales pieza, corzo y pescados ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que produce escrófulas y asquerosidades a que la pluma se resiste. Excuso decirte que, dado el cubierto, todo tiene que presentarse hecho pedacitos; y que si algo hay que trinchar, los dedos se encargan de la operación.
Aquí principian las libaciones, en las que son muy parcos. En seguida entra en tanda el arroz hervido simplemente y servido en cubos de madera, de los que cada convidado se propina dos o tres tazas, pues constituye la verdadera y diaria alimentación del chino, que nunca prueba el pan. Amenízanlo con langostinos, cerdo, aves, pescado y todo género de chow-chow (chau-chau), como ellos llaman a las mezclas. La manera de devorarlo, pues no puede decirse que lo comen, es nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de chow-chow, lo trasladan a su escudilla y, colocándose esta debajo de la barba, como una bacía de afeitar, empujan precipitadamente con los fachis el arroz, ni más ni menos que si rellenasen de casquijo un agujero, y no lo mascan hasta que se les sale por la boca.
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Relatarte lo que come el indigente es tarea ímproba. Aquí no se desperdicia nada. La carne de perro y de gato se vende públicamente; a la de ratón y toda suerte de animales inmundos se le da caza en el propio domicilio. Sé que voy a extralimitarme poniendo a prueba el estómago de tus lectores; pero la cosa es tan notable, que no puede pasarse en silencio. Para el chino pobre, peinarse es un banquete. De ese modo pretenden que recuperan la sangre que el insecto les ha chupado.
Terminada la comida, es preciso colocar los fachi cruzados sobre la taza en signo de satisfacción y gratitud; el anfitrión los va retirando y poniendo sobre la mesa como contestando: no hay de qué. Un par de eructaciones son del mejor tono para atestiguar que los manjares te han sentado bien.
El té sin azúcar y unas chupadas de pésimo tabaco ponen fin a la fiesta. Las pipas en que fuman, indescriptibles y variadas hasta lo infinito, no contienen, por enormes que sean, más tabaco que el indispensable para una bocanada; por consiguiente, hay que cargarlas en cada aspiración, valiéndose para encenderlas de unas mechas de papel retorcido (que también se usa como cordel) sobre las que soplan muy hábilmente para que produzcan llama.
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Admitidos por fin en el gineceo, nos encontramos a las señoras terminando su tiffin y en sazón que la dueña de la casa, quitándose un nivat de plata (horquilla) y pinchando con él un pastelillo, se lo ofrecía a mi mujer; que como puedes imaginarte, no tenía ya más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua caliente, en la que remojó un pañuelo de espumilla de seda, con el que su ama se limpió las manos y la boca, pasándolo después a toda la reunión para que hiciera lo propio. Luego sacaron las pipas. Todo el sexo bello fuma.
Acto continuo nos llevaron a visitar las habitaciones, idénticamente amuebladas a las que ya he descrito. En el salón penden algunos retratos de familia, horriblemente pintados al óleo, cuadros inocentes como los países de los abanicos y entrepaños con máximas y caracteres. Las paredes no están enlucidas; ostentan el ladrillo vivo de color gris azulado y ennegrecido por el humo de los pebetes que a todas horas están ardiendo en nichos destinados a los dioses penates y porteros. En el oratorio álzase un altar con pebeteros y relicarios de metal blanco, flores artificiales, estatuitas de Lao-tse, el fundador de la metafísica, de Cug-ñan, la Virgen de la pureza, y de la multitud de ídolos de las teogonías búdica y de Brahma, que mezcladas con la moral de Confucio, forman las tres religiones dominantes en el país.
En los dormitorios, arcones de sándalo y armarios de alcanfor alternan con las camas de tamarindo, confundiéndose la de la primera mujer con las de las concubinas, que el dueño comparte indistintamente. Duermen vestidos y sobre una esterilla que sustituye al colchón, sin más sábanas que un abrigo de lana, en que se arrebujan. La almohada es de loza del tamaño y forma de las almohadillas que antiguamente usaban las señoras en España para coser; y no apoyan en ellas la cabeza sino el cuello, con lo que las mujeres consiguen no deshacerse el peinado que, por su complicación, no restauran más que semanal o quincenalmente. En la cabecera hay colgados infinidad de amuletos, acusadores de la superstición que los domina. Un sobre de un despacho imperial trae fortuna; y, si se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas. Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de ojo. La infusión de una bolita de oro, otra de plata y una ramita de coral es eficacísima contra los sustos. La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como acontece en la mía que está apoyada sobre un monte, entran culebras, ya no hay más que pedir.