«Muy señor mío y mi dueño: Tengo el gusto de participar a usted que ayer se murió el difunto don Serapio Manso, lo que hemos sentido mucho y rogad por él. Lo hemos enterrado junto con doña Remigia (q. b. s. p.) que también se murió hace dos días de una indigestión en el vientre que el médico dice que es cólera; pero yo no quiero que sea cólera que para eso soy alcalde, servidor de usted, y después se asustarán los vecinos.
»El niño está en mi casa, jugando a la pelota de luto, porque son criaturas que nada entienden de aflicciones, y el sastre que es el pregonero se lo ha cosido en dos trancos.
»Don Serapio ordena y manda que usted sea tutor y curador de Leoncito, y se lo remitiremos si usted no viene según la disposición del difunto cuya vida Dios guarde muchos años. Juan Artola — Alcalde. Por no saber firmar hace la señal de la cruz, †.»
Don Abundio lloró al amigo, rezó por la pecadora, comprendió que aquella disposición testamentaria era el castigo impuesto a su felonía, y quince días después entraba en Madrid con su pupilo León.
II
El angelito acababa de cumplir los quince años y tenía ya la cara llena de vello como melocotón verde de Calatayud. Mal criado y voluntarioso como si fuera hijo de su madrastra, había que darle gusto en todo, so pena de que escandalizase el barrio a berridos. Insolente a fuer de rico ignorante, y desarrollado por las faenas agrícolas de su pueblo, don Abundio no tenía sobre él dominio alguno físico ni moral. En vano trató de inculcarle algunas nociones de Historia; los resultados fueron nulos. Una vez al preguntarle quién era Colón respondió que un hombre que había puesto un huevo de punta; y en Geografía sostenía que la capital de Holanda era Bola, de donde tomaba su nombre el queso.
¿Asistir a las academias? Perdone por Dios, hermano. De pedrea todos los días, eso sí, con los pilletes de la puerta de Santa Bárbara; y llenos andaban los encantes de sus libros de enseñanza que malvendía para comprar un tendido de sol en los novillos, su pasión dominante. Él era siempre el primero en saltar a la arena en cuanto tocaba el turno de los embolados para el público, y más de un revolcón le costaba la aficioncilla. Su aula predilecta era el matadero, de donde siempre volvía con algún chirlo más y unas tajadas menos.
En la casa todos eran sus víctimas. Tan pronto era el perro de aguas, compañero inseparable de don Abundio, el que atado por el rabo y sujeto a una escarpia de la pared, pasaba media hora boca abajo atronando la manzana con sus aullidos, como el minino el que, con un mazo de cohetes encendidos en la cola, salía bufando por la calle como alma que lleva el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones amenizadas siempre con su poquito de Historia para ver si, por la misma puerta por donde trataba de inculcarle la morigeración y el respeto, le entraba también la instrucción; pero, nada; era como lavarle la cara con jabón a un burro negro.