Un día en que León había atado mano con mano y pata con pata a los dos pobres bichos, unidos así de costado como los hermanos siameses, y los había lanzado a la calle con unas alcuzas en las extremidades posteriores, don Abundio, que atropellado por los fugitivos midió el suelo, habló así a su pupilo:
—Tu conducta es salvaje, León. El que hace daño a los animales está en camino de hacérselo a los hombres. Además, si tú no fueses un ignorantón, sabrías que los egipcios creían en la metempsicosis o transmigración de las almas, por la cual el hombre que no había cumplido con todos sus deberes morales y sociales, en vida, pasaba al morir a la condición de bruto o bestia inmunda. Esta creencia, más generalizada de lo que algunos suponen, la profesan también los chinos, quienes consideran como un don celeste el transmigrar a un cerdo, porque de ese modo solo ha de durar un año la esclavitud de su espíritu en una envoltura irracional. Ahora bien; ¿quién te asegura que semejante castigo no es una de las manifestaciones de nuestras penas eternas? ¿Por qué no ha de formar parte eso del infierno o del purgatorio de los creyentes? Y si es así ¿quién te dice que al martirizar a un pobre bruto no estás lastimando a un amigo, a un pariente, acaso a los mismos que te dieron el ser?
Yo no sé el efecto que esta homilía produjo en el ánimo del adolescente; pero lo que sí puedo atestiguar es, que algunos días más tarde, la maritornes volvió de la plazuela trayendo una marranilla de leche que su padre (el de la criada, no el de la lechona) remitía a don Abundio, por vía de regalo, con el ordinario de su pueblo; y que León, aprovechando un descuido, cargó con ella y la vendió al primer transeúnte para, con su producto, asistir a la corrida de toros. El ex-profesor de Historia, enfurecido ante la pérdida de aquel suculento manjar, raro en su mesa, repetía:
—¡Vender una marranilla de tres meses!
—Esos hace que lloramos a doña Remigia —contestó el pupilo—. ¿Querría usted que me expusiera a comerme a mi madrastra?
Y efectivamente, desde aquel día, empezó a dejar en paz a los animales; pero la emprendió con las personas; y así llenaba de recortes de ortiga la cama de su tutor, como conteniendo el aliento y de puntillas, se acercaba por detrás a la alcarreña mientras espumaba el puchero, de bruces sobre el fogón, y metiendo una mano entre el zagalejo corto y sus piernas sin medias, le clavaba los dedos en la robusta pantorrilla al par que imitaba el ladrido de un perro; con lo que la pobre muchacha al principio se asustaba mucho; pero luego se fue acostumbrando.
Las cosas iban llegando a tal punto que el infeliz don Abundio no gozaba momento de reposo. César Cantú, Lafuente, Mariana y multitud de historiógrafos habían desaparecido de su biblioteca y tomado la forma de tendidos; el uniforme de teniente de nacionales yacía en una casa de préstamos de donde salió el dinero para una tienda de manzanilla. Finalmente una noche en que, a hora muy avanzada, León se dirigía a oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con intención de darle algún susto, tropezó en las sombras con su tutor que, con los brazos abiertos, buscaba la manera de orientarse por el pasillo.
—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó con severidad don Abundio.
—¿Y usted? —le replicó el mozalbete.
—Yo he sentido pasos; y temeroso de alguna trastada de las de usted, me he levantado a velar por el reposo de esa inocente criatura.