—Pues yo he venido a preguntarle si había puesto a remojo los garbanzos.
Y al día siguiente, con el pretexto de dar un paseo matinal, tutor y pupilo se encaminaron a la calle de Sal si puedes, donde Leoncito quedó como pensionista en el colegio de don Tranquilino Verdugo, bajo la advocación de San Juan Capistrano.
Ustedes habrán oído decir, y por si no yo se lo digo, que no hay nada peor que un chico travieso a no ser dos chicos traviesos. Pues bien, en el colegio de don Tranquilino había treinta pensionistas, de los que pronto se hizo jefe nuestro héroe; y si antes León valía por cuatro, concluyó por hacerse insoportable con la emulación de sus compañeros.
El desgraciado director, hombre entrado en edad y cuyas narices eran una bomba aspirante de rapé, apeló a todos los correctivos imaginables para meterlo en cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abundio. Ya era un bramante sujeto por un extremo a la mampara y prendido por el otro con un alfiler a su peluca el que dejaba al profesor con la calva al aire cada vez que abrían la puerta; ya una vejiga provista de un pito la que, al ir a sentarse en el sillón, aplastaba con su cuerpo y le hacía saltar hasta las vigas creyendo, con el quejido que daba al deshincharse, que había despanzurrado a su gata de Angora. Por supuesto que no cejó en su manía de asustar a las criadas; pero a la de don Tranquilino, que era del Escorial, le cayó en gracia el chico, y lejos de incomodarse, engordaba, como suele decirse, con las travesuras de León.
Un domingo del mes de diciembre en que había novillos con mojiganga y dos toros estoqueados, el director tuvo la desgraciada ocurrencia de llevarse de paseo a sus alumnos por la calle de Alcalá para que asistiesen al espectáculo de la ida de la gente a la plaza. León, que formaba a la cola de la ruta, contemplaba con ojos de envidia aquel torrente humano que a pie, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en tartana, se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la Cibeles como desbordando por un embudo invertido. La cara de satisfacción de los transeúntes, la idea de las emociones que iban a experimentar aquellos con quienes se codeaba al paso y de quienes tan lejos estaría dentro de poco, el humo de los cigarros, pues hasta los que no van a los toros fuman el día de corrida para hacer creer a los que los ven que van; el ruido, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio del hijastro de doña Remigia, y unas se le iban y otras se le venían sin cocérsele el pan en el cuerpo. De repente la luz parece como que adquirió más intensidad y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas rotas. Todas las miradas convergieron a un punto dado. Era la cuadrilla de chulos que en coches abiertos se dirigían al redondel luciendo colores, lentejuelas, moñas y pasamanería. La sangre afluyó al corazón del aficionado y un velo cubrió su vista; pero no tan tupido que le impidiese percibir entre la comitiva a un picador que, caballero en una alimaña, llevaba a la grupa a uno de esos pilletes que les sirven de escuderos y que, bajo la égida de su protector, tienen entrada triunfal y gratuita en la plaza. León no resistió más; echó a correr como deudor perseguido por acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo desmontó de una sacudida y de un salto ocupó su lugar. Aunque se subía el embozo del capote para no ser conocido, sus camaradas de colegio le olfatearon y fueron con el soplo a don Tranquilino que, ahogado por la pena, y en la imposibilidad de darle alcance, volvió a casa con la ruta y participó a don Abundio lo ocurrido, consignando en la carta su irrevocable resolución de despedir al mozalbete.
El ex-catedrático de Historia, que le estaba poniendo a la alcarreña unos pendientes de similor que le había regalado por su buen comportamiento, recibió la misiva como si fuera el casero, es decir, de mal humor, y se echó a la calle confeccionando un discurso con que ablandar a don Tranquilino y evitarse la irrupción del ahijado en su hogar, si bien metiéndose tres reales en el bolsillo del chaleco para, si no lograba convencer al señor Verdugo, comprar a su criada unas medias de estambre. En todo pensaba el bendito señor.
Llegado que hubo al colegio de San Juan Capistrano, pudo convencerse de que la determinación de don Tranquilino no tenía vuelta de hoja. Le ofreció aumentarle los honorarios, le habló de Cicerón y de Séneca probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las dádivas, ni la adulación quebrantaron aquella naturaleza de diamante: «Usted que tiene criada —concluyó por decirle— comprenda usted lo que a la mía le espera».
En estas estaban departiendo en el refectorio, pues ya había anochecido y los muchachos cenaban bajo la vigilancia del director que andaba viendo a quienes tocaba el turno del castigo para ahorrarse las diez raciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de penas correccionales, cuando se presentó León con la gorra encasquetada y embozado en un capote que, si no tan roto como el del lazarillo de Tormes, quien tiraba piedras sin desembozarse, estaba reducido al tercio de su peso específico en virtud de tanto agujero por donde se tamizaba su individuo.
Verle llegar y caer sobre él una granizada de improperios de don Tranquilino y don Abundio acompañada de una rechifla de los imberbes fue cosa simultánea. León impávido se mantenía de pie en un rincón.
Restablecido el orden y penetrado el tutor de que no tenía más remedio que compartir el hogar con su ahijado, pronunció su discurso de despedida y exhortó al reo a que pidiera perdón a su víctima. Resistióse aquel, y como don Abundio se empeñara en apelar a la violencia, el muchacho dejó caer su capa en el suelo, blandió un par de banderillas que ocultas llevaba y, aprovechando la actitud de don Tranquilino que había dejado caer su pañuelo de yerbas y se disponía a recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos paletillas y emprendió la fuga entre la algazara de los alumnos, los berridos del director y las convulsiones de don Abundio que, con la boca a un lado y agitando pies y manos como si nadase, se revolcaba por los suelos. Media hora después sucumbía el desgraciado a un ataque de apoplegía fulminante, y a don Tranquilino, de bruces en la cama, le hacían la primera cura.