Sobre aquella sábana de esmeralda, rumiando los tallos tiernecitos, como quien después de una comida abundante no desdeña el paladear una golosina, un enorme cabestro yacía muellemente tendido haciendo firmas con la cola sobre el suelo, como las hace cualquiera con el bastón cuando está sentado pensando en las musarañas. Un colosal cencerro pendiente de un collarín de baqueta cortaba las líneas de su cuello, y era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmillos de elefante de Bankok eran sus astas, y por la redondez de su cuerpo parecía ir diciendo a todos: «Pues señor, no estoy descontento de mi suerte.»

Y apuesto a que ya han reconocido ustedes en él al cónyuge de doña Remigia, al bueno de don Serapio que, después de seis años de transmigración, estaba reducido a custodiar cornúpetos jarameños, del mismo modo que entre los seres racionales se cuida de las odaliscas en el harem.

No olviden ustedes que, aunque transmigrado, don Serapio conservaba recuerdos de su vida anterior, porque de lo contrario ¿dónde estarían la gracia y el castigo de la metempsicosis? Sentado este precedente, asistamos a su soliloquio penetrando en sus reflexiones.

«Lo que es este año se puede decir que no tenemos invierno. Miren ustedes qué días estos. Yo estoy con un palmo de lengua fuera; y si es los muchachos, andan por ahí revueltos como en canícula; hace materialmente calor. La verdad es que esta existencia no deja de tener su encanto, sobre todo para las naturalezas pacíficas como la mía. Nadie se mete con uno, a uno le importa un pito todo cuanto pasa a su lado; buena yerba, buen establo y ningún quebradero de cabeza. Verdad es que tampoco me la quebraba mucho cuando era hombre; pero me la quebraban los demás, porque ya era el inquilino que no pagaba, el investigador de hacienda que me aumentaba la contribución, y eso que siempre que pasaba por el pueblo venía a vivir a mi casa; por más señas que como al maldito no le gustaba acostarse temprano, mi pobre mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las tantas para hacerle la tertulia, porque lo que es yo con la primera campanada de las diez las buenas noches y a dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece viene el mayoral, me dice: arriba, Manteca, y yo dolón, dolón, dolón a llevar a pacer a la gente del bronce; una vez en la pradera, a comer y a revolcarse; si hay alguna disputilla, de las que siempre tienen la culpa las vacas, los meto en cintura, porque, parece mentira; pero ahora que no tengo ni voluntad, ni inteligencia, ni raciocinio, ni nada, soy más valiente que cuando lo tenía todo. Y así que empieza a anochecer vuelve a decir el mayoral: arriba, Manteca, y yo dolón, dolón, dolón, a casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora sí que puede decirse que soy capitán y no cuando lo era de nacionales, que tenía descuidados todos mis asuntos con la bendita patria, y el tiempo se me pasaba en recibir a los subalternos que me venían a pedir la orden, hasta que tuve que tomar la determinación de que fuera mi mujer la que se entendiera con los oficiales. ¡Pobre Remigia! ¿Qué habrá sido de ella? La echo mucho de menos, no porque la necesite, que maldita la falta que me hace el que venga a turbar mi sosiego, sino por saber qué suerte ha sido la suya. ¡Cómo lloró su extravío! se empeñó en hacer testamento porque quería suicidarse, lo que hubiera llevado a cabo a no ser porque me previno el escribano y convinimos él y yo en que pretextaría un quehacer apremiante siempre que ella fuera a su casa con objeto de testar.

»Pues así y todo estuvo Remigia yendo diariamente por espacio de un año en busca de don José, hasta que se le pasó aquello no sé cómo. La verdad es que yo procedí muy cruelmente; llevármela a Toro donde no tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida a alternar con los unos y con los otros... Pues no digo nada, despedir de mi casa a Abundio, al amigo de toda la vida; porque de aquel incidente, como de ello me convenció mi mujer, solo era responsable la casualidad, el demonio que anda suelto y hace que se enrede un fleco en un botón, precisamente en el momento en que a mí se me ocurre volver a mi casa; porque si yo me quedo con el batallón en el convento, nada. ¿Y cómo estará mi hijo? ¡Qué adelantos habrá hecho bajo la inspección de Abundio para quien lo mismo eran griegos y romanos que paja y avena para mí! ¿Vivirán? ¿Serán infelices? ¿Dónde estarán?»

Y así pensando, y con la boca abierta se fue quedando dulcemente dormido, cayéndosele la baba de gusto.

Pocos minutos hacía que se hallaba entregado al reposo, cuando un alboroto promovido en la torada vino a sacarle de su letargo.

—¿Qué será ello? —se preguntó don Serapio levantándose y dirigiéndose hacia el teatro de la lucha. En esto vio llegar una vaca que desalentada corría hacia él gritando:

—Señor Manteca, señor Manteca; venga usted pronto, que se matan.

—Pero ¿qué ocurre?