—Un toro que han traído de las dehesas del Norte, donde nadie le podía domeñar y que, dada la fama de usted, le ponen bajo su vigilancia. Apenas entró en el prado se empeñó en decirme chicoleos, y como mi Caramelo es tan celoso, se trabaron de palabras, de las palabras vinieron a las manos, sus amigos tomaron parte por él, y allí los tiene usted a todos revueltos sin que zagales ni mansos los puedan hacer entrar en razón.

Un silbido acompañado de un grito de Manteca lanzado por el mayoral, le hizo apretar el paso a don Serapio que, sonando el cencerro, se interpuso entre los combatientes. El intruso era un toro de cinco años berrendo en negro, bonito de estampa y duro de cabeza; pero en cuanto don Serapio metió la suya en el corro, allá fue rodando el otro como tente-tieso de mojiganga.

—¿Conque contigo no ha podido nadie? Pues a ver si yo te enseño a tratar a las personas decentes.

Y a darle se disponía un nuevo revolcón, cuando el vencido bajando la voz para no ser oído de nadie le dijo al cabestro:

—Detente, Serapio. ¿No me reconoces?

—¡Abundio! —murmuró este con un ahogado gemido solo perceptible del catedrático. Y los dos quedaron mirándose silenciosos.

Los demás testigos de la escena fueron a comentar el triunfo de Manteca diseminados en corrillos por el prado, y cuando los dos estuvieron solos se hablaron de esta manera:

—¿Tú por aquí, Abundio? ¡Qué alegría! Pero déjame que te mire. Te encuentro hasta buen mozo. Al pronto no te había reconocido.

—Pues yo a ti, Serapio, al momento. No has cambiado nada; estás lo mismo.

—Cuéntame qué ha sido de ti. ¿Te has casado? ¿Y mi hijo? ¿Vive? ¿Es hombre de bien? ¿Estudia mucho?