Aquí el berrendo lanzó un suspiro y, tomando sus precauciones para no dar a su amigo tan triste noticia de sopetón, fue poco a poco y con rodeos detallándole las proezas de León hasta el paso de las banderillas, último detalle de que había podido ser testigo el profesor de historia. Por supuesto que bien pudo ahorrarse ceremonias, porque don Serapio en vez de afligirse lanzó una sonora carcajada y pareció divertirse mucho con el relato.
—¡Qué diablillo! ¡Qué diablillo! —decía sin dejar de reír—. La misma afición de su madre, que esté en gloria, que se moría por los toreros. Y en cuanto a lo de asustar a las criadas, vamos, no lo ha robado de nadie, ¡que yo también cuando chico las daba cada susto! ¡Qué diantre! Todos hemos sido jóvenes. ¿Verdad, Abundio?
Y diciendo así le daba con el cuerno en el hombro maliciosos golpecitos.
—Serapio, tu grandeza de sentimientos me humilla y me degrada más y más a tus ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que no obstante mi conducta para contigo, me conservas tu amistad y...
—¿Vas a ponerte de mal humor por una niñería que no vale un pito? Ya sé yo que en el fondo ninguno de los dos teníais la culpa de aquello. ¡Ea! lo pasado, pasado y abracémonos.
—Pero... —insistía el profesor titubeando.
—Si no me abrazas para probarme que no me guardas rencor por haberte echado de mi casa, me incomodo.
Y los dos amigos se confundieron en un estrecho abrazo.