Y colóse en efecto por una como boca de antro que, apenas lo recibió en su seno, cerróse herméticamente dejándolo tan a oscuras como lo estuviera hasta entonces.

—Pues, vaya, que esto es salir de Málaga y entrar en Malagón —decía el pobre don Abundio frotándose contra las paredes tanto para orientarse como para calmar el escozor de la espaldilla.

Aplicó el oído y percibió en confusa mezcla, aplausos, gritos y música hacia la parte exterior. Un rayo de luz, que entraba por un agujero en forma de calabaza, hirió su vista, velada por el dolor y el enojo, y, colocando su cuerpo de modo que la armadura no le molestase, guiñó un ojo y aplicó el abierto al de la cerradura.

—¡Horror! —gritó retrocediendo y alcanzando toda la medida de su situación—. ¡Estoy en una plaza de toros! ¡Soy el quinto; el predilecto de la corrida!...

Y empezó a revolverse con furia loca, embistiendo a todas partes y haciendo ariete de su cabeza con que producir brecha y escapar. Pero fue inútil. Una serie de puyazos dirigidos por una ventanilla que abrieron en el techo del toril, acabaron de hacerle perder el juicio: y, cuando al son de los clarines y timbales giró sobre sus goznes la ferrada puerta, salió a la plaza dispuesto a comerse al que se le pusiera delante.

Del primer arranque despanzurró a dos jamelgos cuyos jinetes quedaron sepultados bajo las cabalgaduras.

—¡Caballos! ¡Caballos! —aullaba el público, o sea la fiera de los tendidos, entusiasmado con aquel prólogo que tan bello porvenir prometía.

La gente de a pie apenas si tenía tiempo de saltar el olivo.

—El toro de la tarde —decían unos.

—El de la temporada —argumentaban otros.