—Sentarse —gritaban los de arriba, poniéndose de pie como los de abajo.

Un picador de los de reserva, que quería contraer méritos para asegurar su contrata, se acercó al ángulo cinco, y echando al aire su sombrero,

—Vaya por ustedes —dijo, y se encaminó sobre su sardina en busca de don Abundio.

—¡Bravo! ¡bravo! —fue el grito general.

Pero apenas se había puesto en suerte cuando caballo y caballero fueron rodando por la arena con gran peligro del segundo que, solo dando vueltas como una perinola, logró escapar de una muerte segura, llevando dos pisotones en la cabeza, un varetazo en el muslo y un susto en todo su cuerpo.

—¿Me haría usted el favor de repetir esa suerte, que estaba distraído y se me ha pasado? —le dijo un chusco; pero como en aquel momento se apercibiera el público de que, con el marronazo, el reserva había despaldillado al toro, se armó una de silbidos que ni en un teatro en noche de estreno infeliz.

—¡A la cárcel! —decía la sombra.

—¡Que lo ahorquen! —coreaba el sol, siempre partidario de los recursos extremos.

Y las botellas y los proyectiles andaban por los aires como murciélagos perseguidos, mientras los alguaciles agitando sus penachos y luciendo sus pantorrillas, se llevaban al reserva al palco presidencial e intimaban a los picadores la orden de salir a los medios.

Restablecida la calma y normalizada la corrida, don Abundio empezó a experimentar cansancio, y ya le era preciso traer a la memoria su desesperada suerte para que se decidiera a tomar varas.