Un prolongado punto de clarín despejó de cuadrúpedos el redondel, no sin que el presidente se llevara una silba por no haber dejado al toro dar todo su juego, y don Abundio creyó que todo había concluido. Pero como viese delante a un mozalbete que, con unos palitos en la mano, se entretenía en dar saltos, ya corriendo hacia delante ya hacia atrás:

—Tú vas a pagar por todos —dijo el berrendo, y fuese a él en derechura; pero el chulo, dándole un gracioso quiebro como bolero en salida, le dejó clavadas en el morrillo dos banderillas que le hicieron dar un bote y exclamar:

—¡Pobre don Tranquilino! ¡Qué rato pasaría usted!...

Al segundo par sintió no haberse fingido cobarde como le aconsejó don Serapio, cuya condición envidiaba; y al tercero se decidió a vender cara su vida y se entableró pegando la cola a la valla sin que los capotes de los chicos lograran hacerle arrancar.

—Ande usted, que nos ha engañado —gritó una voz femenina desde la barrera—. Salió usted más valiente que el Cid y se ha quedado usted más reflexivo que un catedrático de Historia.

Al oír la alusión volvió don Abundio la cabeza y se encontró con una hermosa muchacha, vestida de manola, apoyada sobre la capa de paseo del matador puesta a guisa de colgadura en el antepecho.

—¡Sí, señor!, yo se lo digo a usted —proseguía ella—, la moza de Pinturita que va a mandarle a usted de un volapié a la eternidad, en cuanto el señor presidente acabe de sonarse y pueda hacer seña con el pañuelo.

Don Abundio dio un bramido horroroso. ¿Ustedes creen que de indignación? Nada de eso; es que acababa de reconocer en aquella manola a la alcarreña su criada. El pobre señor ya no tuvo momento de reposo; se fue al centro de la plaza y, tomando carrera, saltó el olivo con tal empuje que a no haber maroma, se cuela en el tendido con ánimo de dar un abrazo a su antigua maritornes. Tres veces repitió la tentativa, y solo a duras penas, y después de haberle clavado un rejón en al anca, se logró que fuera a entablerarse al lado opuesto.

Por fin, tocaron a matar; Pinturita tomó los trastos, y después del correspondiente brindis, se fue solo a la fiera, paró los pies y se puso en facha.

Tres pases al natural y dos de pecho forzados llevaba cumplidos el matador con gran contentamiento del público y absorta extrañeza de Pendenciero que no le quitaba ojo, cuando, liando el trapo y armándose para el volapié, echó atrás la cabeza el diestro y dejóle ver al toro un lunar como una pieza de dos reales que tenía junto a la nuez. Descubrir don Abundio aquel signo y echarse a correr por la plaza todo fue uno.