—¿Me da vu de la candel? —le dijo este disponiéndose a encender su chicote en el medianito del aturdido zaragozano y traduciendo en lengua de Racine su patrio estilo cordobés.
—¡Un cuerno le daré a usted yo! ¿Qué hace usted en París?
—Puez he venío penzionao por el Gobierno con quince camaradaz máz a las orillaz del Ciena para que aprendan los franceses a jacer zordaoz a nueztra jechura y cemejanza.
Y en efecto, el ministerio de la Guerra enviaba al certamen un individuo de cada arma de que se compone el ejército español, para dar una muestra así de los uniformes como de su envidiable apostura y bizarría.
—¿Y mi sobrino es también de la tanda? —preguntó el sabio presintiendo su desventura.
—¡Ci ez él quien noz manda! Le ezcogieron a pulzo.
—¡Cómo!
—El meniztro le dijo: «Hombre, vaya usté a la dizpocición para que vean allí que todoz no zomoz tan feoz como zu tío de usté.»
—¡Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos proyectos quedarán frustrados. ¡Ay de él si se atreve a declararme la guerra! Puede usted ir a decírselo de mi parte.
Y como en aquel momento llegasen a la fonda, don Sindulfo se separó bruscamente de Pendencia, que con un: «A la orden, don Pichichi» corrió en busca de su amo, en quien mis lectores habrán ya reconocido al capitán de húsares que al principio de esta historia se apeó del ómnibus en la cabecera del puente.