Los días que siguieron a esta catástrofe fueron de desesperación para el enamorado Luis que veía desaparecer sus esperanzas, y para el asistente y sus quince compañeros que sentían aproximarse la hora de la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus maquinaciones. El único consuelo del capitán era colocarse con los muchachos en la galería del arco central del palacio de la exposición y contemplar desde allí el Anacronópete que a un centenar de metros se erguía con la sombría majestad de un inmenso sepulcro.
Una tarde, que como de costumbre se hallaban ocupados en esta contemplativa tarea proponiendo quién enviar una misiva encerrada en un proyectil hueco, quién valerse de la balística para lanzar un hilo telefónico, empezaron las nubes a arrojar agua que no parecía sino que se desprendían sobre la tierra las cataratas del cielo.
—Buena va a ponerce la dizpocición ci hay alguna gotera —dijo el asistente prestando oído al diluvio que con fragor se despeñaba por los canalones.
—No hay miedo —le arguyó su amo—. Tal vez los desagües son los trabajos más portentosos de esta fábrica. ¿No has visto los planos expuestos en la sección de París? Las alcantarillas son más altas que esta bóveda.
—¡Cómo! —exclamó Pendencia abriendo desmesuradamente los ojos—. ¿Aquí hay zumieroz?
—¡Qué duda cabe! Mira, el principal circula casi tangente al aparato.
—¡Digo! Turgente y todo, ¿y ce eztá uzté con la lengua pegada al paladar?
—No te entiendo.
—Ci uzté no ha nacido para la guerra. Como genioz militarez Napoleón y yo.
—¿Te explicarás?