—Puez ez muy cencillo. Ci don Cindulfo tiene para zu defenza ezcarpaz y contraezcarpaz, nozotros para el ataque le abrimos minaz y contraminaz. Cabayeroz... al albañal.
Un entusiasta viva acogió la idea del cordobés. Indudablemente la alcantarilla era la última trinchera del amor. Reconocidos los planos vióse con placer que bastaba abrir una galería transversal de pocos metros para encontrarse debajo del centro matemático del Anacronópete. Sobornar al encargado de la limpieza en aquella sección, fue obra tanto más fácil y hacedera, cuanto que el individuo en cuestión era rayano de España por el lado de Canfranc y gustaba de las peluconas de Carlos IV, que Luis no le escaseó para lograr su objeto.
El tiempo apremiaba, pero contra diecisiete españoles, de los cuales la mitad se componía de aragoneses y catalanes, no hay obstáculos, sobre todo tratándose de militares siempre a las órdenes del general No importa.
Los picos y azadones fueron abriendo paso; los puntales formando túnel y por último, el día fijado para el inverosímil viaje, mientras don Sindulfo daba su conferencia en el Trocadero acompañado de su inseparable Benjamín, los dieciséis hijos de Marte saludaban la llegada de su capitán con el último golpe de piqueta que los colocaba bajo la plaza enemiga. Al salir del foso se encontraron en una estancia rectangular de la altura de un hombre buen mozo. Era el podio u obra muerta del aparato para precaverle de las humedades en las paradas.
El plan de los invasores era romper a hachazos el suelo del Anacronópete; pero con gran sorpresa suya, se lo encontraron abierto, pues el vehículo tenía en el fondo para la limpieza de la cala una compuerta que funcionaba eléctricamente con el mecanismo de una guillotina horizontal y que, sin duda con el objeto de dar mayor ventilación al piso bajo no se habían cuidado de cerrar, muy ajenos de que por allí pudiera tener efecto un ataque subterráneo.
—¡Arriba! —fue el grito unánime; y transponiendo escaleras, cruzando corredores, invadiendo salas, llegaron a donde estaban las cautivas, que no pudieron reprimir un grito de terror al ver delante de sí a tantos hombres con armas que a prevención para cualquier evento llevaban consigo.
El acto del reconocimiento no hay para qué pintarlo. Siéntanlo los que sepan amar.
—Huyamos, mi bien —fue la primera frase que Luis acosado por el tiempo y las circunstancias acertó a decir a su prima.
—¡Oh! Nunca —le respondió ella—. Cualquiera que sea mi suerte, la soportaré resignada antes que faltar al juramento que hice a mi madre moribunda. Te amaré siempre; pero huir contigo no lo esperes de mí.
Los ruegos, las exhortaciones, las lágrimas eran inútiles ante la irrevocable resolución de aquella hija sumisa y obediente. Perdida parecía ya toda esperanza cuando las aclamaciones de la multitud penetrando en el recinto indujeron a Clara a inquirir el origen de tamaña confusión. Cuando Luis le explicó que obedecía al entusiasmo popular por el invento de su tío, las pobres prisioneras que ignoraban en absoluto los propósitos del tutor, prorrumpieron indignadas en invectivas contra aquel monstruo que con su silencio las obligaba a una peregrinación tan llena de peligros.