CAPÍTULO VI

El vehículo considerado como escuela de moral

Qué hacer en circunstancias tan adversas? Los pusilánimes proponían permanecer en el espacio hueco del podio y esperar a que el Anacronópete al elevarse les permitiera salir; pero sobre correr el riesgo de ser descubiertos si se notaba la falta de las cautivas, exponíanse —aun salvando esta eventualidad— a ser pulverizados por una desviación del vehículo en el momento del arranque. Los más resueltos optaban por romper la puerta y conquistar la salida con las armas. Este plan se desechó por violento e infecundo, prevaleciendo al fin la idea sugerida por los prudentes, de ocultarse y aguardar la ocasión propicia de emprender la fuga.

La cala estaba por fortuna harto provista de materiales de construcción, destinados a las reparaciones, y de vituallas de toda especie para que no abundasen los escondrijos. Fuéronse pues metiendo los unos tras la pipería de los caldos, los otros en los intersticios de los balotes de gramíneas; y así se formaban parapetos con los sacos de harina y los cajones de conservas, como se atrincheraban en los montones de legumbres o hacían reducto del sarcófago de la momia.

Clara recomendó a todos la mayor prudencia exhortándoles a no moverse hasta que ella o Juanita viniesen en su busca, lo que, en nombre de sus compañeros, le fue prometido solemnemente por Pendencia, excitando una carcajada unánime al asomar la cara embadurnada de blanco por efecto de sus frotaciones contra unos costales de candeal.

Mientras esta escena tenía lugar en el Anacronópete, fuera ocurrían incidentes dignos de ser narrados.

Concluida la conferencia, don Sindulfo, como hemos visto, empezó su marcha triunfal desde el Trocadero al Campo de Marte entre los vítores de la multitud frenética y dos filas de guardia nacional que la villa de París había puesto a su disposición para conservarle el paso expedito. Una vez dentro del área de la exposición, el maire invitó al sabio a reposarse breves momentos en una elegante tienda de campaña levantada ad hoc cerca del Anacronópete, en el centro de la cual veíase una mesa capaz de satisfacer la intemperancia de Lúculo y de emular la esplendidez de los festines de Cleopatra. Era el lunch de despedida ofrecido por la municipalidad de París al insigne inventor, pues parece imposición de la naturaleza, respetada por la costumbre, que en todo regocijo público el estómago haya de meter la primera cucharada.