Sentáronse anfitriones, convidados y parásitos (planta que brota espontáneamente en todos los comedores) y, con el reposo del cuerpo, dio principio el trabajo de las mandíbulas. Durante los encurtidos, los torsos formaban con la mesa un ángulo recto. A medida que el lastre iba estibando el aparato digestivo, el ángulo se convertía en agudo. Al sonar la hora del champagne los lados móviles trataron de reconquistar el equilibrio; pero la perpendicular al mantel no pudo restablecerse y, dando por tope a los omoplatos el respaldo de los sillones, el ángulo obtuso dominó en toda la línea.
Entonces empezaron los brindis, peores unos que otros, si bien todos malos, pues no hay nada que limite tanto la inteligencia como el elogio. Así es que, haciendo gracia de ellos al asendereado lector, me limito a extractar lo único que en aquel cúmulo de peroraciones hubo de bueno, que fue precisamente lo que no tuvieron de alabanza.
El bibliotecario de la Sorbona, levantándose del asiento y sacando a luz un primoroso ejemplar de la Iliada, publicado recientemente a expensas de la sociedad bibliófila, rogó a don Sindulfo que al pasar por la olimpiada en que floreció el padre de la epopeya, obtuviese de Homero que le firmase su obra magna corrigiendo los yerros tipográficos que encontrase y consignando bajo el testimonio de su facsímil si fue en Quío o en Esmirna donde vio la luz primera.
—Propongo que se substituya esa última frase por esta otra: «En dónde nació» —interpuso un académico de la historia—. Porque —prosiguió— suponiendo que la lógica fuese en aquellos tiempos fabulosos una ciencia tan exigente como lo es en nuestros días, nos exponemos a seguir ignorando cuál fue la patria del cantor de Troya, si al preguntarle dónde vio la luz primera, él lo toma pedem literæ y nos contesta que en ninguna parte por ser ciego de nacimiento.
Aprobada la enmienda, tocole el turno al presidente de la junta de agricultura, quien en correcta frase —pues era un poeta el encargado de velar por los intereses agrícolas del país— encareció a don Sindulfo casi en verso, la necesidad de combatir los efectos del oidium y de la philoxera en las vides: para lo cual creía el medio más seguro hacerse con unos sarmientos de la viña de Noé a fin de reproducirlos en Francia.
Esta proposición levantó una tempestad de aplausos, pues nadie ignora que el vino es una de las principales riquezas del suelo transpirenaico, cuya producción aunque fabulosa, por poco que la cosecha flojee ya no alcanza a cubrir las necesidades del consumo.
Muchas más fueron las ideas que, dirigidas todas al mejoramiento de la condición humana, se desarrollaron en la sobremesa, e infinitos los encargos particulares y de índole risible que se hicieron al doctor. Ya era un empresario de teatros quien le abría un crédito incondicional con el fin de que ajustase a Molière para dar doce representaciones antes de que se cerrara la exposición. Ya un tipógrafo quien se comprometía a trasladarse a la Grecia del siglo de Pericles, con el objeto de imprimir las conferencias de Sócrates y publicar un periódico político.
Don Sindulfo dio las gracias a todos y a cada cual; objetó que aquel su primer viaje no tenía otro carácter que el de exploración, y, ofreciendo desempeñar cuantas pudiera de las diferentes comisiones que se le confiaban, dio por concluido el acto.
No había llegado aún a la puerta cuando el prefecto de policía, apeándose de su carruaje, penetró en el pabellón y se dirigió al sabio.
—¿Puede el señor García acordarme una conferencia de breves minutos? —le dijo.