—Hiciéralo con placer si no fuese ya la hora reglamentaria y temiese abusar de la impaciencia pública.

—Me trae aquí una misión oficial. Vengo en nombre del gabinete.

Ante esta observación no había medio de insistir. Los comensales se retiraron prudentemente a un extremo de la tienda, mientras en el opuesto los dos interlocutores sostenían el siguiente diálogo:

—El gobierno me delega para pedirle a usted un señalado servicio.

—Me honra tal confianza. Escucho a usted.

—A nadie se le oculta que la Francia, desgraciadamente, atraviesa un período de relajación moral que amenaza destruir los ya minados cimientos de la familia, fundamento de todas las sociedades.

—Aunque con dolor, me es fuerza asentir a tan acertado parecer.

—El gobierno, más interesado que nadie en la redención de su patria, ha penetrado con ánimo resuelto en el fondo de esta cuestión pavorosa; y cree poder afirmar que el quebrantamiento de los vínculos sociales proviene de ese escandaloso mercado sensual con que no ya emulamos, sino trasponemos el histórico y poco plausible renombre de Síbaris y Capua.

—Evidentemente; mas no alcanzo cuál pueda ser la parte que me incumba en esa misión redentora.

—A eso voy. Regenerar a la mujer es crear buenas madres de que carecemos.