—No, en absoluto.

—Es usted muy amable. Gracias por la mía. Tener madres es garantizar la educación de los hijos. De los buenos hijos germinan los esposos modelos y los íntegros ciudadanos. Luego hay que purificar la familia para salvar la patria.

—Estamos de acuerdo.

—Ahora bien; de esas desgraciadas mujeres, que, para vergüenza de propios y extraños, arrastran sus vicios por nuestras populosas ciudades pregonando con histéricas carcajadas su mercancía, pocas, contadas, son las que consiguen un resultado beneficioso que consolide su existencia en la vejez. Los hospitales, los teatros, las porterías suelen constituir su última trinchera; y muchas hay que al perder la menguada lozanía de los primeros años volverían con arrepentimiento a la senda de la virtud, a no impedírselo el estado en que los excesos y la depravación las han sumido y que las hacen ineptas para los puros goces de la familia. El gabinete, pues, en consejo extraordinario, me encarga ser intérprete de sus sentimientos cerca de usted y me comisiona para dirigirle a usted una proposición.

El prefecto acercó más aún su silla a la de don Sindulfo y prosiguió de esta manera:

—¿Hemos entendido mal o es cierto que con el maravilloso vehículo de su invención puede el navegante rejuvenecerse a medida que retrograde en el tiempo?

—Así es, con tal de que previamente no se haya sometido a la inalterabilidad de las corrientes del fluido que lleva mi nombre; pues de otro modo vería pasar los siglos sin experimentar alteración alguna.

—¿En qué tiempo puede usted recorrer un espacio de veinte años?

—En una hora.

—¿Y llegado a ese término, le es a usted dable perpetuar la edad de la persona en el punto porque entonces atraviese?