—Tiene usted razón; me tranquilizo.

—¿Estamos de acuerdo?

—Completamente.

—El gobierno sabrá recompensar a usted favor tan señalado.

—Me basta conseguir por premio que Francia sea digna en el orden moral de la supremacía que por tantos otros conceptos se ha conquistado en el mundo.

Terminada la entrevista, el cortejo con don Sindulfo a la cabeza salió del pabellón, a cuya puerta esperaban en sus carruajes las alegres expedicionarias que, apeándose, se agregaron al grupo oficial, tomando todos juntos la dirección del Anacronópete.

Llegados al pie del coloso cruzóse un último adiós. El sabio, Benjamín y las viajeras penetraron en el vehículo y este, herméticamente cerrado, atrajo desde aquel momento las miradas de todos los circunstantes.

No habría transcurrido un cuarto de hora, cuando un murmullo de dos millones de almas onduló en el espacio. El Anacronópete se elevaba con la majestad de un montgolfier. Nadie aplaudía porque no había mano que no estuviese provista de algún aparato óptico; pero el entusiasmo se traducía en ese silencio más penetrante que el ruido mismo.

Llegado a la zona en que debía tener lugar el viaje, el monstruo, reducido al tamaño de un astro, se paró como si se orientara. De repente estalló un grito en la multitud. Aquel punto, bañado por un sol canicular, había desaparecido en el firmamento con la brusca rapidez con que la estrella errática pasa a nuestros ojos de la luz a las tinieblas.