CAPÍTULO VII
¡Marchen!
Constaba el Anacronópete, como hemos dicho, de un podio o basamento sobre el que descansaba el suelo de la bodega, y en el espesor de cuyo muro veíanse empotrados los escalones que daban acceso al portón, única entrada del vehículo. La forma de este era rectangular. En sus ángulos erguíanse cuatro formidables tubos correspondientes a los aparatos de desalojamiento que, con sus bocas retorcidas en dirección de los puntos cardinales, parecían otros tantos enormes trabucos arqueados en figura de 7. En el piso principal, y corriendo por sus cuatro lados, circulaba una elegante galería cuya puerta, como todas las demás aberturas del locomóvil, quedaba herméticamente cerrada en viaje. Un inmenso disco de cristal, rasante por cada viento a la pared, servía a los viajeros para desde el interior y con el auxilio de potentes instrumentos ópticos, contemplar el paisaje y rectificar la orientación durante la marcha. Dos frontones coronaban los testeros ostentando en sus tímpanos el nombre del coloso y sosteniendo en sus caballetes la cubierta en plano inclinado, así dispuesta para las paradas; pues en movimiento —navegando por el vacío— ni había que cuidarse de los desagües ni precaverse contra las afecciones atmosféricas.
Exteriormente, era pues el Anacronópete una especie de arca de Noé sin quilla; toda vez que sus funciones no se relacionaban con el líquido elemento y que, para flotar en caso necesario, bastábale la tripa que, a modo de los antiguos navíos, arrancaba del suelo de la cala y se contraía debajo del balcón sirviéndole de soporte. Examinémosle ahora por dentro.
La planta baja la ocupaba toda la bodega a excepción del pequeño espacio —destinado a vestíbulo y a la escala espiral— que constituía la entrada de honor para las dependencias superiores, de las que se descendía a la cala por otra escalera de caracol levantada en uno de los ángulos. En el opuesto veíase el aparato del fluido García, con cuyas corrientes hacíanse inalterables los cuerpos; precaución tomada ya de antemano con cuantos materiales de construcción y provisiones de boca había a bordo. Enfrente de aquel, funcionaba el mecanismo Reiset y Regnaut para producir el oxígeno respirable. Tanto este aparato como el de la inalterabilidad estaban prudentemente reproducidos diversas veces en el Anacronópete, aunque sus efectos podían hacerse sentir en cualquiera parte con el auxilio de conductores. También las pilas eléctricas tenían los suyos diseminados por el vehículo, para llevar las corrientes a donde se necesitara un movimiento, porque allí toda actividad era mecánica. Así por ejemplo; la compuerta que, en forma de guillotina horizontal, dio acceso como hemos visto a los hijos de Marte, correspondía con otra de idéntica estructura tallada en el suelo del piso alto. ¿Queríase cargar el Anacronópete? Pues no había más que elevarle convenientemente, colocar debajo las mercancías, aplicarles un conductor y ellas solas subían por las aberturas hasta dar con los aisladores que paralizaban su ascensión en el punto deseado. La limpieza tenía lugar por el mismo procedimiento. Unas escobas mecánicas barrían los espacios libres y conducían los residuos sobre la trampa del piso principal. Abierta esta caían las escorias sobre la cala y, repetida allí la operación, un bostezo de la guillotina las arrojaba fuera; de modo que bastaba empezar en lunes el barrido para en un segundo encontrarse con el sábado hecho.
En la planta alta residía el poderoso agente de la locomoción: la electricidad. Nada tan interesante como el relato de su mecanismo; pero como esto nos llevaría muy lejos y el lector, aceptado el principio, ha de hacerme gracia de las explicaciones técnicas, limítome a decirle que del centro de aquella zona lanzaban las pilas sus torrentes de fluido a todas las articulaciones encargadas de producir el movimiento y a los tubos neumáticos repulsores de la atmósfera. Un elegante registro marcaba la velocidad y una sencilla aguja la regulaba. En la misma pieza estaban el observatorio y el laboratorio con sus lentes, retortas, mapas, compases, bibliotecas, aerómetros y utensilios cronográficos. En las crujías laterales y con el sistema de los camarotes, alternaban por el ala derecha, el gabinete de señoras con el cuarto de baño y la despensa con la cocina; en la que sobre una plancha colocábase un pollo vivo que una descarga eléctrica desplumaba, mientras un chispazo lo convertía en comestible, siete mil doscientas veces más pronto que cualquier asador común.
El lavadero, situado en la extremidad posterior del eje, era un prodigio. Entraba la ropa sucia por un lado y salía por el otro, lavada, planchada, seca y zurcida.
El ala izquierda se la había reservado íntegra el sexo fuerte, y nada tenía de notable a no ser el departamento de los relojes; en que uno marcaba la hora real en la existencia efectiva y otro la relativa al momento histórico del viaje con expresión del siglo, año, mes y día según el cómputo Gregoriano.