Cuando después del entusiasta y último adiós de las corporaciones, los sabios penetraron en su baluarte, el primer cuidado de don Sindulfo fue alojar bajo llave en el cuarto de las colecciones, a las atónitas agregadas, con intimación de no moverse de allí hasta que él fuera en su busca; pues por más confianza que le mereciesen sus protestas, él creía, y con razón, que las rejas no perjudicaban a los votos. En seguida y de una sola conmoción eléctrica dejó herméticamente cerrado el Anacronópete; hecho esto propinó a Benjamín unas descargas del fluido de la inalterabilidad, recibiendo él otras tantas de mano de su amigo.

—Ya no puede el tiempo ejercer su influencia sobre nosotros —exclamó con aire de triunfo una vez terminada la operación.

—¿No cree usted sin embargo —objetó su inseparable— que nada perdíamos con esperar para fijarnos a que el Anacronópete llevase algunos minutos de marcha?

—Comprendo la intención de usted, y nadie más interesado que yo en perder algunos años para ver si rejuveneciéndome cesaban los rigores de mi sobrina; pero si a usted o a mí, únicos que conocemos este mecanismo, nos sobreviniera un accidente cualquiera ¿cuál sería nuestra suerte disparados sin rumbo en el espacio y qué responsabilidad no pesaría sobre nosotros dejando insoluble el más gigantesco de los problemas científicos?

La observación era tan justa, que el políglota no tuvo nada que objetar. Verdad es que todo hubiera sido inútil, pues, una vez fijados, solo la acción regular del tiempo hubiera tenido poder para destruir la producida por el fluido.

Dirigiéronse por lo tanto al gabinete de señoras, donde Clara y Juanita se habían refugiado como los chicos que se esconden cuando creen haber hecho algún mal; y conduciéndolas capciosamente al laboratorio, mientras Benjamín conseguía con maña que las muchachas se pusiesen en contacto con los conductores, don Sindulfo las volvía inalterables con un par de descargas que las hizo retorcerse como culebras.

—Oiga usté —dijo la de Pinto encarándose con su amo así que pudo enderezarse y articular palabra—, si es que usté quiere no seguir comiendo más que sémola, repita usted esa operación y verá usted salirle muelas... de la boca. ¿Para qué ha dado usted esas vueltas al organillo que nos ha dejado como si tuviésemos alferecía?

—Menos gritos —le arguyó su amo—. Aquí estáis bajo mi férula. Empezó mi dominio y no hay para qué pedirme explicaciones de mi conducta. Vuestra misión es obedecer y callar.

—En cuanto a eso, poco a poco —interpuso Clara.

—¡Cómo! ¿Te me insubordinas?