—No señor; pero protesto de que haya usted abusado de nuestra ignorancia, para obligarnos por sorpresa a emprender un viaje sin precedente en el mundo.
—¿Y quién te ha dicho?...
—¿Quién ha de ser, hombre de Dios, sino la mismísima milicia española que se está burlando de usté, a pesar de saber más matemáticas que Motezuma?
—¿Qué oigo? ¿Ha encontrado Luis medio de hacerte llegar alguna carta? —preguntó el sabio aturdido y sin sospechar que, no obstante su tiranía, hubiera podido ser el capitán esquela viviente.
—¡Digo, digo, una carta!... Toda una baraja completa para hacerle a usted tute.
—Procura no ser insolente, porque de lo contrario en llegando a la Roma de los Césares, te vendo como esclava al primer patricio que encuentre en la calle.
—¿Y qué van a hacerme a mí los patricios? ¡Pues qué! ¿Yo no vengo de liberales? Mi padre fue furriel de voluntarios.
—Oiga usted nuestros ruegos.
—Nunca.
—Si le digo a usted que el tal don Pichichi es el Calomarde de los tíos.