—Adelante —prorrumpió resueltamente su sobrina.

—¡Loor al genio! —balbuceó Benjamín abrazando a su protector.

—¡Jesús! —decía Juana—. Si esto es más soso que un cocido sin sal. Ni se ve un campanario, ni una lechuga, ni que le pueda alegrar a una el corazón. Prefiero el ordinario de mi pueblo. Vamos, don Sindulfo, sóoo... En llegando a los Inválidos pare usted.

La pobrecilla no calculaba que había empezado su frase en París el diez de julio de mil ochocientos setenta y ocho y que la estaba acabando en treinta y uno de diciembre del año anterior sobre la cordillera de los Andes.


CAPÍTULO VIII

Efectos retroactivos