Las suertes estaban echadas y no había medio de retroceder, o mejor dicho, de avanzar, si queremos ser lógicos con la situación. Clara y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas en la vecindad de sus defensores y dispuestas a exhibirlos en el primer alto que hicieran; pues en marcha les parecía aventurado sacarlos de su escondite, temerosas de que don Sindulfo, por vengarse, los condenara a todos a movimiento continuo.
El sabio por su parte no se saciaba de saborear su triunfo con Benjamín; y verdaderamente no le faltaba razón para ello, pues jamás experimento alguno había tenido éxito tan satisfactorio.
—¡Eureka! —exclamó en un arranque de entusiasmo aquel segundo Arquímedes que, sin el auxilio de una palanca, removía el mundo hasta en sus cimientos.
—¿A qué altura estamos? —preguntó el políglota.
—Hace veintiún minutos que salimos de París —le contestó su amigo consultando el cronómetro—; por consiguiente hemos desandado siete años y nos hallamos en diez de julio de mil ochocientos setenta y uno.
—¿Estudiemos la situación?
—Sea.
—Rumbo a oriente —dijo Benjamín clavando los ojos en su compás.
—Fijo —asintió el sabio mirando el suyo.
—Latitud 50° N.