—Exacto.

—No hay más que inclinar los catalejos un grado al Sur y dirigir nuestras observaciones sobre el punto de partida.

Y asestando los anteojos al disco meridional, cuyas puertas se abrieron de una descarga, ambos profesores se pusieron a sondear el espacio. Por supuesto que previamente apagaron las luces eléctricas que constituían el alumbrado constante de aquella hermética clausura donde siempre era de noche; pues como el vacío solo se hacía alrededor del Anacronópete, las capas atmosféricas inmediatas a él conducían los rayos del sol; y de no haber tenido cerrado el vehículo, nadie hubiera podido resistir las vertiginosas intermitencias de luz y sombra ocasionadas por la violenta transición del día a la noche en una velocidad de cuarenta y ocho horas por segundo.

Pocos llevaban de observación los anacronóbatas sin apercibir en su carrera más que el vapor iluminado con que como aliento fosforescente, les anunciaban su presencia las ciudades en el período nocturno, o las grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y recortadas sobre el fondo oscuro del terreno durante el día, cuando de repente los dos observadores lanzaron un grito tan rápido como fugaz había sido la sensación que experimentaran. En medio de las tinieblas y sobre el meridiano de París, el reflejo de una inmensa hoguera acababa de herir su retina.

—¡La Commune! —exclamaron ambos.

Y en efecto, aquel resplandor era el petróleo de los pozos norteamericanos oponiendo en vano su devastadora influencia al sentimiento de civilización de la vieja pero noble Europa.

Los sabios no se movieron de su observatorio hasta dar con otro hecho ostensible que ratificara sus deducciones cronológicas; pocos segundos les bastaron para transponer la primavera y cruzar aquel riguroso invierno teatro de la más espantosa de las luchas internacionales, y digno campo de la locura humana. La tierra era una inmensa sábana de nieve, como si el frío del terror sembrado en las campiñas hubiera germinado en cosechas de hielo. El astro rey no se reflejaba sino en mortíferas superficies de acero y bronce, y las parábolas de los proyectiles parecían arcos de fuego levantados en las sombras para impedir que se desplomase la bóveda sideral. Globos aerostáticos confiando a una corriente atmosférica la salvación de la patria, palomas mensajeras volviendo al arca sin el ramo de olivo, París capitulando, Metz cediendo, Sedán dejando huérfana una corona... ¿A qué más efemérides? El cómputo era exacto. Estaban en el año de los castigos.

Cerradas las compuertas y vuelta a iluminar la estancia:

—Maestro; una duda —exclamó Benjamín.

—¿Cuál?