La estupefacción era unánime; el entusiasmo indescriptible; pero el tiempo no se detenía en su carrera y el fenómeno empezó a tomar proporciones alarmantes. Los productos transformados en primeras materias dejaron en breve de adornar los contornos de aquellas humanas esculturas. Traspuesto el período en que cada porción de materia había sido arrancada de su asiento, las fracciones comenzaron a desertar en busca de sus matrices. El vellón desaparecía para adherirse a la oveja; la ostra atraída por el banco corría a sepultarse en las costas de Malabar; el algodón huía a hundir sus raíces en las llanuras norteamericanas y la cabritilla de los borceguíes despojada del curtido, volaba a revestir el esqueleto de la inocente res de los Alpes, mientras por los huecos que dejaba la deserción asomaban trazos dignos de inspirar el desnudo a los clásicos escoplos de Miguel Ángel, Praxíteles y Fidias.
Las viajeras al contemplar su desnudez se taparon el rostro con las manos, que el pudor es algo inherente a la hermosa mitad de la especie humana, y prorrumpieron en tan desaforados gritos, que don Sindulfo y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y este sus clasificaciones, corrieron en averiguación del alboroto.
—No se puede entrar —decían unas al apercibirse de que los sabios trataban de abrir la puerta.
—Ya tenemos bastante —exclamaban otras.
—¡Ay! Mi corsé... —gritaba una tercera.
Clara y Juanita, a quienes los sabios al verlas llegar despavoridas pusieron al corriente de la situación, penetraron en la estancia; y asustadas ante tan insólito espectáculo volvieron a salir pidiendo auxilio a la ciencia.
—¡Hombre de Dios! Que se van a constipar esas señoras —vociferaba la maritornes.
En esto Benjamín que ya había comprendido la situación, llegó con unos transmisores del fluido de la inalterabilidad; y pasándolos por la puerta entornada, aconsejó a las excursionistas que se agarrasen a ellos. Hiciéronlo así ellas, y con cuatro vueltas al aparato y otras tantas docenas de quejidos de las víctimas, quedaron estas fijadas y remediado el mal.
—Prestadles unos vestidos vuestros —dijo don Sindulfo a su pupila y a Juana, en tanto que él y Benjamín desternillándose de risa tornaban a reanudar su tarea en el laboratorio, comentando el incidente. Pero apenas el políglota se había dejado caer en su asiento, cuando con los cabellos de punta y lanzando un grito desgarrador volvió a levantarse como si un sacudimiento galvánico le hubiese arrancado de la silla.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el sabio acudiendo en su socorro.