CAPÍTULO IX
Reducción gradual del ejército hasta su supresión definitiva
Reparadas las averías causadas por la retrogradación en el indumento, las viajeras corrieron al laboratorio en busca de don Sindulfo y empezaron a darle múltiples pruebas de su gratitud.
Los dos sabios no habían vuelto aún del estupor que les produjera la metamorfosis del disco; y en verdad que no les faltaba motivo para renegar de la ciencia que en tal ocasión los había tratado como madrastra. Ello no obstante hicieron de tripas corazón, disimularon su enojo y, cerrando los armarios, consagraron su atención preferente a la contemplación de aquellos tan variados ejemplares de la más hermosa mitad del género humano. La colección era completa: creeríase uno transportado al paraíso de Mahoma o al foyer de la danse en la grande ópera de París.
Aunque la conducta de las agregadas a bordo era irreprochable, don Sindulfo, temeroso de alguna imprudencia, quiso evitar a Clara su contacto y la exhortó a que con Juanita se retirara al gabinete.
—Como que nos vamos a quedar encerradas allí dentro —dijo la de Pinto— ahora que hemos encontrado que la casa está habitada por presonas.
—No importa —repuso el tutor tragando bilis—. No os conocéis, no habláis el mismo idioma.
—Mi señorita entiende el francés, y estas señoras conocen todas las lenguas. Ya nos han dicho que viajan por gusto y eso que andan a repelo.
Y efectivamente: en los pocos minutos que habían tenido disponibles para conferenciar, no solo Juanita las había impuesto en la situación, sino que se había conquistado el concurso de las expedicionarias para obligar con ardides a don Sindulfo a hacer un alto que les permitiera sacar de su escondite a la fuerza armada y emprender juntos la fuga; pues hay que advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas de Eva, ya no tenían más que una aspiración: ser libres.