»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos contempla consternado la derrota de su ejército numeroso.

»Durante la marcha de nuestros soldados, los enemigos amenazan atacar la retaguardia; pero el general O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos batallones del tercer cuerpo a las órdenes del general Makenna, quien adelantando rápidamente a lo largo del río Martín protegido por la brigada de coraceros del general Alcalá Galiano, rechaza al enemigo sobre la plaza después de breve lucha y paraliza sus esfuerzos.

»Formidables fuerzas enemigas, bajando a la vez de la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con sus infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe, atento a todas las peripecias del combate, hace adelantar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le ponen en precipitada fuga protegidas en su movimiento por el cuerpo de reserva del general Ríos, situado en el reducto de la Estrella.

»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Marruecos debe ya empezar a arrepentirse de haber excitado el justo enojo de la nación española.»

El entusiasmo a bordo no reconocía límites. Todos suplicaban a don Sindulfo que les permitiese bajar para dar un abrazo a aquellos héroes, inclusa Juanita que pretextaba haber reconocido los pulmones de su familia en un paso de ataque tocado por su tío con la trompeta. El sabio que, además de estar poseído de la admiración general, tenía un carácter vengativo impropio de sus luces intelectuales, vio en aquella circunstancia una ocasión de desembarazarse del torcedor de su fregatriz, y accedió a la demanda decidido a volver a emprender la marcha en cuanto Juanita traspusiese los umbrales del Anacronópete en busca del supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y con gran contentamiento de todos y una sencillísima manipulación, el vehículo tocó tierra.

Pero ¡ay! que no comete el hombre acción mala sin recibir tarde o temprano por ella el condigno castigo. Saboreando estaba cada cual la realización de sus propósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco contemplaba el horizonte, dio un grito y retrocedió involuntariamente.

—¿Qué es eso? —le preguntó su inseparable, corriendo a su lado.

—¡Friolera! —contestó el políglota perdiendo el color—. Que sin duda hemos caído en una emboscada tendida por los marroquíes a nuestras tropas.

Un sudor frío circuló por la frente de todos los viajeros.

—¡Huyamos! —fue la opinión general.