—Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí.

—No hay más remedio que apelar a la fuga —adujo el sabio corriendo al regulador y poniendo en movimiento la máquina, mientras Benjamín cerraba los discos y restablecía el alumbrado eléctrico, exclamando:

—Pronto, que nos alcanzan.

Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando:

—¡Un moro! —articuló con voz ahogada una de las viajeras.

—¡Dos! —prorrumpió Juanita parapetándose detrás de su amo.

—¡Veinte! —profirieron todos poseídos de un terror pánico cobijándose en un rincón del laboratorio en compacto grupo.

Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campamento de Muley-Ahmed que, buscando su salvación en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y tomándolo por arma de guerra habían resuelto atacarlo; pero, no encontrándole entrada franca, se valieron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la entereza que da el fanatismo, lograron introducirse por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso emprendiese la marcha.

Pasado el primer momento de estupor, en que nadie osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis pies de altura provistos de gumías y espingardas y llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del enemigo derrotado, Naná se resolvió a preguntar a don Sindulfo: