—Diga usted. ¿Nos harán algo?

—A nosotros rebanarnos el pescuezo; y a ustedes llevárselas al harem en calidad de odaliscas.

—¿Con los eunucos? ¡Qué horror! —articularon las aludidas por lo bajo.

—Pues lo que es al harem —interpuso Juana encarándose con su señor— creo que también podría usted venir.

—¡Insolente!

—Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en los ratos de ocio.

El tutor no se había equivocado acerca del propósito de los invasores, según la traducción que Benjamín le hizo de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza. Los expedicionarios estaban irremisiblemente perdidos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cerebro del atribulado don Sindulfo.

—Si logramos ganar tiempo —dijo al políglota— nos hemos salvado.

—¿De qué modo?

—Dando al vehículo la velocidad máxima y consiguiendo que estos kabilas, que no están sometidos a la inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta que concluyan por desaparecer una vez traspuesto el instante de su natalicio.