—¡Sublime idea!
Y forzando el graduador, la máquina se puso a funcionar con una rapidez vertiginosa.
—¡A ellos! —gritó el capitán; y los moros se aprestaron a consumar su obra; pero los ayes y las lamentaciones del sexo débil eran tan repetidos y penetrantes, que, no logrando restablecer el silencio, les pusieron a todos a guisa de mordaza un lienzo atado en la boca y, oprimiendo sus brazos con fuertes ligaduras, los arrastraron tras sí para conducir los esclavos al asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando los riffeños inútilmente la salida, con gran satisfacción de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni fugarse maniatados como estaban, veían en cambio que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y acariciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su yugo.
Pero los caracteres meridionales son impetuosos y no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los hijos del desierto al sospechar que estaban siendo los prisioneros de sus rehenes, se conformaron con salir por donde entraran; mas, convencidos de la imposibilidad de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema resolución de exterminar a los viajeros.
Encontrábanse a la sazón en la cala y las mujeres se desesperaban al pensar que cuando una sola voz les bastaría para llamar en su auxilio a sus salvadores, tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el centro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba duda a aquellos infelices acerca de la triste suerte que les deparaba el destino. Apiñados y confundidos revolvíanse los desgraciados en la desesperación de la impotencia y ya los cañones estaban apuntados hacia su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo su poderoso influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan providencial beneficio y emplearlo en poner en contacto los conductores que junto a él descendían por las paredes de la cala, fue operación tan rápida como el pensamiento. Acto continuo las compuertas se abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siempre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió a aquellos minutos de angustia no hay quien la describa. Restituidos a la libertad abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condiciones; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de decir a su amo, en un arranque de gratitud:
—Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su triunfo muy convencido de haber conquistado con él un lugar preferente en el corazón de su pupila, cuando esta temiendo ver surgir nuevos contratiempos,
—Ya es ocasión de revelárselo todo —exclamó, pidiendo consejo a Juanita.