El vehículo descendió majestuoso en el parque contiguo al Trianon; las viajeras lo abandonaron sigilosamente, y Benjamín, dando la velocidad máxima se echó por el espacio a desquitarse de lo perdido diciendo:
—Ahora a China en busca del secreto de la inmortalidad.
Al día siguiente los periódicos de París traían dos noticias: una que fue comentada por todos los desocupados de los bulevares; otra que solo conmovió al mundo sabio.
Decía la primera, que habían sido reducidas a prisión doce jóvenes que, valiéndose de las circunstancias, querían explotar la credulidad pública haciéndose pasar por las expedicionarias del Anacronópete; siendo así que en ninguna de ellas se encontraban trazos que acusasen ser las agraciadas por la Prefectura, donde constaba su filiación y se les había entregado pasaportes de que las impostoras no venían provistas a su regreso.
La segunda era más lacónica aunque más trascendental para la ciencia, en cuyos anales sigue constando como artículo de fe: se reducía a dar cuenta de que a las nueve y cuarenta y cinco minutos de la mañana el observatorio astronómico había presenciado la caída de un enorme aereolito en las inmediaciones de Versalles.
¡Así se escribe la historia!