—Pero si esta moneda —repuso el políglota— procede de un marroquí, ¿cómo, no estando sometida a la inalterabilidad, subsiste todavía? Debería haberse descompuesto toda vez que viajamos hacia atrás.

—Acaso sea más antigua que el año en que nos hallamos.

—No. Su fecha es del 1237; y como el cómputo árabe principia en 622, época de la Hégira, este ochavo corresponde al 1859 de nuestra era o sea al año anterior en que fuímos atacados por los riffeños y que debimos trasponer tres minutos después de la invasión.

—¿Entonces?... —interrogaron las atónitas viajeras con la mirada.

Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el cuarto de los relojes:

—¡Maldición! —dijo al consultar el cronómetro del tiempo relativo.

E inmediatamente hizo parar en seco el Anacronópete.

—¿Qué es ello?

—Que al querer moderar hace poco la locomoción, he rebasado sin duda la línea de la aguja y caminábamos hacia adelante. Hemos deshecho lo andado. Estamos sobre Versalles a 9 de julio o sea en la víspera del día que salimos de París.

La alegría que se pintó en el rostro de las viajeras al convencerse de que, sin detrimento de su juventud, eran restituidas al teatro de sus operaciones, no hay quien la describa. Todas suplicaron a Benjamín que las desembarcase; y aunque este temía las iras de don Sindulfo, pudo más en él la idea del ridículo de que iba a cubrirse cuando su colega advirtiese su ineptitud. Así es que confiado en el seguro del secreto, toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su derrota; y en la persuasión de cohonestar con una medida de buen gobierno el abandono de las agregadas, determinóse a darles gusto, lo que le valió una abundante y envidiable cosecha de abrazos y besos.