Y todas se libraban al más expansivo arranque de entusiasmo, cuando la más razonadora de ellas:

—Poco a poco —les arguyó—. Moderad vuestro júbilo. Cierto es que reconquistamos nuestro ajuar; pero ¿quién os asegura que la devolución no será completa?

—¡Cómo!

—¿No teméis que por este fenómeno, cuya explicación ignoramos, cada perla que creemos ganada nos devuelva la arruga que juzgamos perdida?

La observación era tan atinada y el temor de perder los encantos tan profundo, que un grito unánime salió de todos los labios en demanda de socorro; y las viajeras, dejando a Clara en el gabinete al cuidado de Juanita, echáronse en busca de los sabios encontrando felizmente en el laboratorio a Benjamín que consiguió a duras penas imponer silencio a aquella rebelde turba.

—¿Qué significa esto? —preguntó la más osada—. ¿Tratáis de volvernos a envejecer?

—Que se nos admita a libre plática —argumentaba otra—. Ya hemos pasado la cuarentena.

—¡No más lazareto! —vociferaban a coro.

Benjamín, que no acertaba a darse razón de lo que veía, estudiaba el caso con los ojos fijos en el suelo; y maquinalmente al notar un objeto que relucía, lo recogió y dio con un ochavo moruno.

—Alguna moneda que se le ha caído a un kabila —dijo Niní llamándole la atención hacia lo más urgente—, no haga usted caso de eso.