—¿De modo que nos vamos a morir de hambre? —balbuceó Juanita con los ojos desencajados.

—No; pero tendremos que apearnos a cada comida y tomar los alimentos propios de la época y de la localidad; pues de fijarlos ya ves lo que sucede; y de abandonarlos a la acción retrógrada del tiempo, en tres minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino en cepas.

—¿Y dónde tomaremos hoy la pitanza? —repuso la lugareña a quien la idea de un alto sonreía por lo que encerraba de salvador para las reclusas.

—En los infiernos —salió murmurando Benjamín con la taza del agua caliente en la mano; la que propinada a su amigo le produjo las consecuencias de un emético sumiéndole después en una dulce y agradable somnolencia.

Entretanto Juanita volaba a dar parte de lo ocurrido a sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el lecho de la pupila, presenciaban una escena no menos digna de admiración que la precedente.

Es pues el caso que mientras prodigaban sus consuelos a la pobre huérfana, Niní, que no sin profunda aflicción había visto desaparecer de sus lóbulos, antes de ser fijada, las dos hermosas perlas que llevaba por pendientes, dio un grito de alegría al llevarse las manos hacia los desheredados cartílagos y encontrarse con la restitución de sus preciadas joyas.

—Mirad, esto es milagroso...

—En efecto —exclamaron todas. Y al tender en torno suyo una mirada de asombro, este creció de punto al observar que todos los objetos arrebatados por la acción retrógrada del tiempo les eran devueltos sin saber cómo. Ya un girón del vestido de Naná, cubriéndose de larvas, tomaba la forma de capullos para metamorfosearse en tupido raso de Lyon; ya una tira de becerro, curtiéndose repentinamente y modelándose al pie de Sabina se llenaba de pespuntes y lazos hasta elevarse a la categoría de un borceguí Carlos IX.

—¡Mi chal! —gritaba una...

—¡Mis encajes! —decían otras.