—Parte un poco de azúcar —ordenó Benjamín a Juanita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, derramaba encima el agua hirviendo.
—¡El demonio que pueda con esta pirámide de Egipto! Si es más dura que la cabeza de un sabio —repetía Juanita dando golpes en el pilón con un martillo sin conseguir levantar una arista.
—Déjate; aquí hay azúcar molido —exclamó el interpelado poniendo una cucharada en la taza de otro paquete que para el uso ordinario había en el vasar y sirviendo en ella el licor benéfico.
—Pero aguarde usted... ¡si eso no está aún! Todavía no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron a darle la llave del enigma. Presa de una agitación nerviosa se puso a disolver el azúcar en la infusión; y al llevarse una cucharada a los labios:
—¡Horror! —dijo palideciendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó la doncella mirándole de hito en hito temerosa de que también empezara él a reducirse como los otros.
—¿Qué ha de ser? Que hemos vuelto inalterables para su conservación los artículos de consumo, y ahora nos encontramos con que son resistentes a toda influencia física.
—¿Es decir?...
—Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se enciende, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hincar el diente a una patata.